jueves, 24 de marzo de 2011

"Arma de la vida y de la historia"

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La memoria no ha venido a llamarme, no.
La historia no viene a golpear a mi portal, no.
El pasado no trae hasta mí a la gente que se ha ido, no.




La memoria me recuerda quién soy, día a día, segundo a segundo.
La historia tiene las puertas abiertas y ocupa inexorablemente cada rincón de mi existir.

Así el presente me dice que en cada paso que doy son muchos los que aun caminan conmigo.
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jueves, 17 de marzo de 2011

Algo así decía él de un poema..

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Ya no recuerdo como es que empezó "el chiste".

Creo recordar que fue después de un viaje en el que él,

muy serio, manejaba hablando de utopías e ideales ...



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Y la joven era muy joven.
Sus recuerdos eran vidas enteras de tan joven que era.


Había un auto escondido entre la arboleda en el monte de una ciudad costera, al sur de un continente aun impensado.
Un auto lindo, vistoso. Viejo. Ahora viejo.


El muchacho que lo había conducido hasta aquel paraje solitario y bucólico ahora rondaba con sus labios y manos sobre ella. Ella se dejaba rondar, se dejaba atrapar, se dejaba volver a escapar. Él era veloz pero no apresurado. Su mirada profunda y la sonrisa asesina tenían un efecto soberbio en ella. Tanto así que sus manos veloces se movían como hojas con la brisa de verano, y ella, aun así, fallaba en contenerlas. El asiento trasero era cuna de pasiones tan puras que aun el calor de la piel con la piel se podía desentender de la lujuria.

La joven lo amaba. Lo amaba tanto pero tanto que no le cabía en su espíritu virgen tanto amor. Ella no podía entender como se sentía así con aquel muchacho que había entrado por asalto en su vida. Ese hombre venido de tan lejos que parecía venido de quién sabe dónde. Con esa camisa gris de tan gastada y esos zapatos de feria que ponían a cada pie a llevar rumbo lejano. Con sus libros llenos de ideas y sus ideas que llenarían la clase de libros que no se leen en la casa de una chica de buen apellido. "Si supiera el estrago que hace cuando se pone a hablar así" pensaba hechizada por las palabras.

Él tenía una respiración dificultosa que sufría de ataques crónicos, y ella era una víctima más.
Ella quería ordenarse pero lo único previsible en él era lo imprevisible que era.

“No, no sonrías otra vez. No, no me mires así de nuevo” pensaba María y se le llenaban los ojos de ganas. Y él no podía con sus propias ganas de María.


El tiempo se detuvo como un aviso de traición. Regaló una tarde de besos y embargó un mañana como vendaval. Algo en el aire debía cambiar.


Entonces, en el páramo más bello de sus prominentes vidas, cuando sus corazones no firmaban tregua alguna, María se rasgó las vestiduras de Penélope.


La joven no sabía por qué lo hacía. No podía ser solo por amor. El amor es básicamente egoísta. Y ella lo amaba tanto que murió un poco al aceptarlo como el viento que trae la primavera.

Ella entendió antes que él mismo de qué venía la cosa.

Por ahí nunca lo pudo poner en palabras, su corazón no se lo hubiera permitido. Pero María fue la primera en entender. En lo más profundo, sin lógica que destroce su pecho ni fundamentos que aplasten su espíritu, María entendió. Sino, con tanto amor, ¿cómo esperarlo?, ¿cómo dejarlo ir?
¿Por qué dejarlo ir?

Simple: Lo vio.

O simplemente lo vio.


Ella entendió sin entender. Sabía que no había otra forma que soltarlo a la ruta.
Y lo sabía como esas cosas que hay que hacer, pero mejor no pensarlas porque duelen.


Ella fue la primera en hacer que Ernesto pierda su nombre.
La gran mentira del olvido nunca funciona cuando queremos que lo haga. Ni duele menos por quererlo así.
Para sobrevivir se eligió otra mentira, una más fácil que el olvido.
- "Sí que te voy a esperar pero... no te tardes una eternidad" le dijo ocultando toda la tristeza que la invadía antes de partirse el alma y cerrar la boca. Él sonrió otra vez y en su propia tristeza se juró sin palabras el regreso.


Se cargaron de promesas como de pólvora los fusiles.
Y el primer disparo fue el estruendo de una motocicleta destartalada partiendo hacia la América esdrújula de valientes y miserias.


Ese día, mientras él se llevaba un farolito de pureza en un bolsillo, María iba a perder su nombre en la historia.






Ese día, en los brazos de Chichina, la revolución empezaba como un perro ladrando una promesa incumplida.

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“Mi corazón fue un péndulo entre ella y la calle...
Y no sé con qué fuerza me libré de sus ojos,
me zafé de sus brazos.
Ella quedó nublando de lágrimas su angustia.”

"Encrucijada" de Miguel Otero Silva



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