miércoles, 8 de diciembre de 2010

El grillete, lo impotente

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El encierro tiene en si mismo una declaración de impotencia. Así, tan manifiesta, resulta la condición de no propiedad de lo que se ha hecho prisionero.


Lo realmente propio lo es por pertenencia y no por privación. Por esto la jaula es una manifestación de impotencia, entonces. Sí, claro, es una forma de poder también. Pero es otro tipo de poder que, ciertamente, no suple la imposibilidad de poseer. Solo se "tiene". El poder de no dejar escapar es así, depende de un accionar opresor. Por mucho que robe arena y agua de mar no podré nunca hacerme de esa playa.


Poseer, en cambio, tiene el sonido de un pacto. Un pacto donde el ejercicio de una voluntad se estrecha con el de otra. Se abraza, se reconforta.


Si hay más de un individuo en el juego lo cautivo debe ser lo que antes ha sido cautivado desde la atracción, la libertad, la decisión, el sentimiento.

Es así, no hay vuelta que darle: La única forma de poseer por decisión individual... es comprando un mueble.




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Tan nefastos los hombres.

Tan nefastos y evidentes para lo atroz.



Donde un hombre coloca cadenas deja ver la ausencia de lazos.



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VI.
Hoy
Pasaron muchos días desde la primera vez que el jilguero se detuvo en el balcón. Regresa siempre. Siento su entrega a mi afecto, su total confianza. Ya come de mis manos. Me bastaría cerrar los dedos en torno a su cuerpecito y podría ponerlo en una jaula. Pero mis manos no desean ser su jaula. Mi corazón tampoco. Mirándolo, toco su plumaje. Mirándolo, su hermosura. Y es mío porque lo quiero. Todo lo que amamos nos pertenece y somos de quienes nos aman. Así de fácil es querer cuando se quiere de veras...
- Elsa Isabel Bornemann
(si alguien se atreve a llamarme escritor,
sepanló, es por culpa de esta mujer)

jueves, 2 de diciembre de 2010

Distrae al dolor

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"...sólo un trago antes de irse a la cama,
si total mañana nos volvemos a encontrar..."
Ariel Rot


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La soledad se sentó en mi mesa reclamando lágrimas para saciar su sed.


Sonreí.

Con la misma maldita y falsa sonrisa llené mi vaso con un poco de buen vino.

Llené también el suyo.

No conversamos. A pesar que la soledad suele tener mucho para decir no lo hicimos. Dejamos pasar instantes sin mirarnos. Ninguno de los dos necesitaba ver al otro para ahogarse en la presencia.


Súbitamente me precipité hacia ella y estallé la botella en su cabeza.

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Me sentí sereno aun en lo brutal de mi acción.

No me sentí a salvo de su abrazo ni siquiera cuando se tomaba la herida rodando de dolor en ese cochino suelo.




La soledad aun me acecha pero ya no bebe conmigo.




(Hay quien dice que la soledad no bebe porque está muy adentro de uno.
Suele pasar que lo que más adentro está, más sed tiene; eso digo yo.)

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domingo, 14 de noviembre de 2010

Tres ideas



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Pasa a veces que ante una situación a resolver se aparece una idea, o dos.


Mejor tres.


Una tras otra.


Una a continuación de la otra.


Una gritando en la nuca de la anterior.
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Suele pasarme que...




...la primer idea me parece medio estúpida...






...la segunda idea... bueno, suele terminar resultando peligrosa... (al menos a alguien)






...ahí aparece la tercer idea, que ya no viene con novedades pero sin embargo termina siendo la más adecuada.




La tercer idea es la que me dice que teniendo en cuenta la segunda... mi primer idea no era tan estúpida.



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(de verdad, es mejor para todos que no tenga que hacer funcionar la segunda)