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lunes, 6 de julio de 2026

Cero

 

Esta mañana es particularmente difícil.

Temprano, demasiado antes de estar vivo, miré la calle.

La vereda estaba mojada de frío. 

Un fantasma polar se metía como agujas en los huesos.

Sentí los dedos duros. En los pies, como si fueran a partirse en cada paso.

En las manos hacía puños bajo mis guantes buscando sacarles la helada que dolía y me hacía temblar.

El cielo aún negro. O violeta oscuro. Ese tono de los inviernos donde la noche se demora por demás en irse. Supongo que también se ha congelado.

En el silencio resuena un motor a lo lejos. Veo un humo que es blanco aunque no lo veo.

Y tengo sueño. Y tengo esta tristeza que me ahoga el sueño.

El día de hoy, esta mañana, tan difícil.

No dejo de preguntarme si te abrigaste bien, si tendrás este frío.





miércoles, 11 de septiembre de 2024

Algo mejor

Vos dijiste que no querías cenar. Pero un rato antes dijiste que sí tenías hambre. Y antes aún habíamos dicho  que nos comeríamos unas ricas papas fritas.

Te volví a preguntar si querías que pidamos algo y me dijiste que mejor no, que coma yo lo que quisiera, que preferías no comer porque no tenías ganas de nada.

Después te fuiste a bañar. Yo, mientras estabas en la ducha, me puse a pelar papas y calentar aceite. 

Cuando saliste del baño sonreíste oliendo a jabón y me besaste. La casa ya olía a papas fritas.

Después, cenamos juntos.

martes, 3 de septiembre de 2024

Limones

 



Hoy, Silvio buscó en internet cuánto tardan los limones en echarse a perder. Aparentemente dos o tres semanas pueden aguantar en la heladera.
Hace unos días los compró para ella, que antes de verse le dijo que tomaba té “con limón de fruta”. A él le pareció un encanto esa oportuna diferenciación casi infantil pero completamente acertada de cualquier otro producto industrializado con sabor a limón.

Hoy, miraba en la pantalla de su celular información sobre la conservación de los limones. Dos o tres semanas. Un tiempo más si se guardan en un envase cerrado. Es una fruta muy porosa, leyó también. Sabe que va a retener esa oración de apariencia inútil. Su cabeza retiene cosas que leé de forma algo extraña a veces.

Ella no tomó té con limón. Estaba algo engripada y sacó de su cartera uno de esos sobrecitos de té medicinal en polvo. Él mismo revolvió en la taza hasta disolverlo en agua caliente. “Si es polvo, así, deshidratado, no creo que se le pueda seguir calificando de infusión” pensó, en asociación libre después de leer que el limón aguanta dos o tres semanas en la heladera. Su cabeza se ejercita de maneras algo extrañas a veces.
Tal vez pasaron uno o dos días desde que los limones llegaron a la verdulería hasta que Silvio los compró. ¿O pueden ser más? “Ni idea cómo es la rutina de entrega de mercadería de la verdulería de acá cerca” pensó. “Le deben quedar dos o tres semanas. Ponele que dos”, se dijo mientras los miraba buscando algún rastro de mancha o moho en la piel amarillenta del fruto. Amarillenta y porosa.
Habían pasado cuatro días desde que se habían visto. Entre ese lapso más lo incierto del tiempo anterior a la compra fue que sentenció de forma bastante vaga un “Ponele que dos”.

Cuando ella le dijo que quería “limón de fruta”, él sonrió. Y como no suele usar limón, pasó a comprarlos antes de verla. No sea cosa de fallarle con el té a ella, que lo había hecho sonreír.
Volvió a mirar su celular. Ese día o el siguiente. O el otro.
Simple, casi infantil, pero tremendamente acertado, así se sintió Silvio cuando compró “limón de fruta” para ella como si fuera una misión sagrada.
Hay una esperanza ácida y cítrica que ahora tiene su cuenta regresiva. No sea cosa que al limón haya que tirarlo porque ella se tarde en pedirle un té otra vez.



jueves, 23 de diciembre de 2021

Paseo

 Y esta noche despreciable y hermosa, Juanito me contó de su tristeza inmensurable. Me habló de su hambre y de su casa de chapa coloreada con pintura vieja. Me dijo de su familia enorme pero de a pedacitos y del calor nauseabundo de esperanzas que trae el viento del río De La Plata.


No me acuerdo la primera vez que escuché hablar de Juanito. Sé que fue hace tiempo y ni me pregunté quién era. Tampoco me acuerdo cuando fue que me di cuenta que su padre era conocido sin ser su padre. Y que Juanito, en su pobreza, no debía saber que tenía ese otro padre del que hablan algunos marcos. Sí me acuerdo la primera vez que Juanito me sonrió. Era una tarde y yo ya era grande y llevaba días sin afeitarme. Juanito seguía siendo ese niño de ojos negros que nunca mira de frente a quien lo visita. Así de cordial es que uno olvida hasta la basura del paisaje. Una mujer que inventó esa tarde me llevó a conocerlo. Me envolvió de aromas de victorias posibles y cariños esquivos, y me engañó con verdades amables tan bonitas que hasta creí en el arte de una forma tal que Flaubert se hubiera sonrojado. Por un tiempo todo fue esa mujer. Por esa mujer hubo un tiempo que era arte. Y yo fui verdadero y de a colores.

Desde esa vez no he vuelto a visitar a Juanito, pero tampoco perdimos contacto. Lo llamé una vez al pasar semidormido por una avenida y ver desde el colectivo un dibujo en una pared. Ahí lo recordé en esa vaga silueta pintada y recordé también que ese mismo bondi se hacía esperar una eternidad cuando me llevaba a besarla a ella. Le dejé un mensaje otra vez que me pregunté por los dolorosos olvidos cuando, firme y estoico, no me permití preguntar por ella para no lastimar la distancia que pretendo como cristal quebrado. Esa vez escribí un mensaje a Juanito como una nota en mi teléfono móvil; como si pudiera olvidarme, como si necesitara no olvidarme. Y hoy hay una hoja borroneada y un sabor que no se decide entre almizcle, malta y jazmín cuando le cuento a ese chico de ojos negros de algunas soledades y de cómo sabía abrazarme con esa mujer; como sabía abrazarme yo en esa mujer; cuantos borrones tengo. Y miro la noche cálida y festiva y es hermosa y despreciable. Y hablo de ella y hablo y hablo y estoy hablando solo. Y ya ni veo la basura que hace el paisaje de mis entrañas. Y respiro fuerte pero ni el río De La Plata me invita a un horizonte que pueda ser otra cosa, al menos allá, donde se corta el cielo con el agua y la esperanza. Y me pregunto por algunos colores, y me pregunto si me acuerdo cuáles son o solo busco que sean para saber que existió una vez donde los hubo.

Me doy una ducha porque algo apesta. Mientras me seco veo que el tipo del otro lado del espejo está algo más grande, y lleva unos días sin afeitarse. Lo conozco. No es tan cordial ni mucho menos amable. Me mira y con una mueca de bronca me dice ¿te acordás qué vestido llevaba ella aquella tarde?
No le contesto una mierda.
Mi tristeza se llama Juanito Laguna y no piensa irse en esta noche despreciable. Porque le da pena mi soledad.
Y porque claro que me acuerdo del vestido.

Obra: "La partida" de Luis Felipe Noé

martes, 10 de noviembre de 2020

Mereces lo que sueñas

 Los pupitres en las aulas no son todos iguales. Por ejemplo, había un banco al fondo de aula de 5º Naturales donde vos unos días luchabas con el sueño, otros sonreías y te enojabas con compañeros y compañeras a uno y otro lado, y otros te veían acercarte a mi escritorio en lo que -creo que te descubrí- era más para mostrarme que estabas trabajando que para preguntarme alguna duda. Ese lugar cambió de gente, ese pupitre tuvo y tendrá otros codos que se acomoden en otras clases. Pero para mí, ese banco, sea cual sea ahora, es tuyo.


Como ese pasillo entre la dirección y la sala de profesores, que recorrí mil veces; pero hay dos o tres baldosas que me recuerdan que vos me interceptaste junto a dos compañeras y un compañero tuyos, y ya en sexto año me contaste que seguía siendo uno de tus profes más queridos. Tanto así que me dijiste que estabas en un dilema porque tenías que decidir quién te entregue la medalla de fin de ciclo y yo era uno de tus dos candidatos. Te agradecí lleno de orgullo, y te sonreí como con pocas cosas sonrío. Recuerdo que en mi gratitud te dije que ya estar "peleando ese puesto" me alcanzaba. Que elijas a la otra profe y a mí me pagues con un abrazo al bajar del escenario en tu acto de egresada. Y lo hiciste, cumpliste. Y yo sonreí otra vez. Hoy recuerdo esas baldosas de ese pasillo y te recuerdo a vos. 


Pasó un mes desde que sé que te fuiste, y esa calle que recorrí cien veces, hoy me quiebra. Tiene tu nombre, tiene el cariño de todas y todos los que te queremos. Antes había un bar, hoy es otra cosa. De hecho, hasta alguna vez fui a ese bar y era uno más como tantos bares. Hoy esa vereda me moja la mirada. Esa vereda me angustia la garganta. Y en esa vereda me enojo un poco con todo. Y me entristezco un poco con mucho. Antes pasaba y ni reparaba en él. Hoy, ya una cuadra antes de llegar, aprieto los dientes. Porque ya no es un lugar cualquiera. Es un lugar que me duele. Que me moja la mirada, me angustia la garganta, me enoja, me entristece. Me detengo unos segundos donde todo se detuvo esa noche, y vuelvo a irme con los dientes apretados.


No conozco Puerto Santa Cruz. Podría ser un lugar como tantos que no conozco. E incluso podría ser un lugar como tantos que me anoté como pendiente por las más diversas razones que uno se pone como pretexto para viajar. Pero sé que en este caso vos me lo trajiste. Lo puse en una lista imaginaria cuando hace unos meses una Lucía ya ex alumna me contó que ese era el punto en el mapa de su próxima aventura. Y me contaste de algunos de sus lugares, "Es muy lindo", me dijiste. Tal vez me hubiera gustado poder poner en palabras que lo más lindo de Puerto Santa Cruz era y es, desde ese momento, que vos me habías escrito para contarme de él. Porque creo que ningún paisaje puede ser más bonito que algunos gestos de cariño como ese, tan simple como escribirme, y contarme dos o tres cosas de tu vida. Y porque todo paisaje es inmensamente más bonito si es la excusa para poder decirnos "ojo que seguimos acá, no nos hemos olvidado". Hoy esa ciudad de la Patagonia es distinta a tantos otros lugares que tengo anotados. Aun no tengo muy claro qué es lo que será, pero voy a pisar su playa y dejarme envolver por una ráfaga de viento que me permita, de alguna forma, decirte con ese viaje, que sí, que no nos hemos olvidado. 

Pero aún más, decirte que hay pupitres, pasillos, veredas, pendientes y mil cosas más donde vos y yo vamos a seguir recordándonos que siempre seguimos acá.




sábado, 31 de octubre de 2020

Trébol de tres pétalos



- ¿Y que vas a hacer?

- Escaparme hasta que extrañe mi sonrisa.

- Yo ya extraño tu sonrisa.

- Perdoname. No sé como actuar en estos casos.

- Perdoname vos por no poder dibujarte un mapa de regreso.

- No sabría cómo leerlo. Si supiera hacerlo nunca me iría.

Y pasadas las tres de la madrugada le dejó un beso y una roca resbalando enorme desde una montaña.

domingo, 4 de octubre de 2020

Abrigar los huesos

Wotan compuso esa noche, con su vida infame como cuerdas y vientos, una melodía de esas que uno se canta con tristeza antes de dormir. Suspiró callejones de esos que, una vez puestos a ser recorridos, permiten la circulación de una mano de ida de penurias y otra mano de vuelta de méritos. Apasionado con sus propias dichas de corrección, hizo un coro de tribulaciones acerca de los zapatos que lleva puestos en ese camino. Y erguido ante la templanza feroz de la bestia agonizante, repitió el estribillo estoico de quien solo vende caras sus derrotas con un sello de silencio en sus labios. ¿Mintió esa noche alguna verdad? No, esa noche no se permitió permitirse sus propias trampas. Cauteloso y desconfiado, mostró puntas de lanzas ya manchadas que él sabía que sostenía de larguísimas varas desde el cascarón de a porrazos que es su envase. Tampoco hizo tiros de distracción de sí mismo. Y, peor aun, guerrero sin miedo a todo. no se presentó cargado de pólvora y amenazante de chispazos solo para que hasta las mariposas huyan de ese fuego; sino que, con la locura danzando sobre una pequeña vela, rescribió la valentía de darle una chance a esa penumbra con tonalidades pastel de la que se hizo cómplice.

Wotan ronda a vuelta y contravuelta en su refugio de lodo y rugidos. Sus pies aun se afirman en el frio de esa madrugada mientras lo seduce la carrera de ser el de siempre, sangrando cada músculo mientras desafía mil pistas laberínticas donde –él lo sabe- no hay nadie alentando en las gradas. Ganar o perder es imposible, solo sigue corriendo; y escupe de tanto en tanto el almizcle agrio de su deseo más humano. En los pasillos del infierno uno que otro se asoma curioso por las mirillas.

Wotan pasa silbando a intervalos. Se descubre en su cancioncilla y se interrumpe. Da un par de pasos, sangra sin atender las hiedras que crecen de sus charcos y, pensando en la próxima fatiga que ya prepara el cachetazo, se distrae y vuelve a silbar. Solo unos momentos dura la música hasta volver a notarse a sí mismo en ese juego. No hay –cree, dice- tantos méritos en su humanidad. Ya no sabe si el deseo lo hace componer melodías, o si tenía aprendida la tonada y el deseo lo empujó hoy como un altar de espuma. Dos vasos apenas son bebidos esa noche. Wotan, de a ratos sí de a ratos no, silba una melodía que anda molestando a todos sus demonios.

lunes, 30 de marzo de 2020

Tinta roja


Cada vez le duele más pensar en dibujarla en su historia.
Nada puede hacer.
Se muere un poco todos los días deseando algunos trazos.
Nada puede hacer.
Él intentó su hoja en blanco entre su carpeta de dibujos dañados y viejos.
Nada puede hacer.
O sí.
Aunque entonces sería más el dolor que él mismo.

martes, 3 de marzo de 2020

Sed



Entre penumbras una mujer agitada se encontraba tendida a su lado. Apenas se percató del movimiento del colchón cuando se sentó en su orilla. Pensó en la música. Sonaba rock y no pensó en el rock. Tampoco en el reconocido artista que sacudía los parlantes. Ni siquiera en la canción, en esa canción tan específica que tantas veces había cantado para adentro y para afuera. Pensó en el rock, pero no como concepto, no como signo de rebeldía, no como elemento vivo del arte. Pensó en el rock porque se dio cuenta que estaba pensando en el rock y su sentido en ese momento. El rock, ese rock, era una distracción. Hundiendo el extremo del colchón con su peso, pensaba en el rock y pensaba en por qué pensaba en el rock y no en la mujer desnuda que aún buscaba serenar la respiración en el desorden de su cama. Pensó en esa canción cuando pensó que podía ser cualquier otra la canción, porque si él pensaba en la canción también podía ser cualquier otra la mujer. ¿Qué estoy haciendo?, se preguntó y miró sus manos como si acabara de cometer el peor de los crímenes. Fue un gesto reflejo, lo cierto es que en esa penumbra no se distinguían sus manos. Toda la luz alcanzaba apenas a estar jugando entre los restos de sudor compartido que dormían en el pecho de la mujer imprecisa. Así, sus manos no llegaban ni a contornos. Pero él podía verlas igual. De la misma forma que después de una pesadilla se revisa a un niño para ver si está bien, él veía sus manos. Su sola existencia es parte de uno y ya con tenerlas las vemos de tanto conocerlas, de tan nuestras. La canción acabó y los espacios de silencio fueron escape y callejón. Se dio cuenta que ya no pensaba en la canción. Ahora eran sus manos. Cayó en cuenta que debía regalar una caricia, un gesto de presencia antes que ella empiece a pensar y decida hablarle. Se preguntó si era una especie de culpa lo que lo hacía pensar en sus manos, y pensó que si pensaba en sus manos tampoco había esa mujer ni ninguna otra. Se apuró decidiendo que no sentía culpa pero que debía ganarle a la próxima canción. Demonios, ahí estaba otra vez pensando en la música. Sonaron las primeras notas y él ya recorría los enmarañados cabellos de esa mujer para poder definirla entre otras mujeres. Luego rozó su frente y sus mejillas. Al pintar con sus yemas el borde de los labios, ella casi quiso gemir. Eso le daba sed de agua y ganas. Acunaba en sus manos tal placer que al hacer un cuenco de sus palmas se podía beber de a retorcijones de gozo. Se encontró lejos cuando ella lo abrazó. No pudo volver ni siquiera cuando devolvió el abrazo. Y se dio cuenta, y se preguntó el mismo ¿Qué estoy haciendo? La siguiente canción ya no pudo ser nunca más tan buena como la anterior.

martes, 24 de diciembre de 2019

Penas de colores



Obra: "La partida" de Luis Felipe Noé.


Y esta noche despreciable y hermosa, Juanito me contó de su tristeza inmensurable. Me habló de su hambre y de su casa de chapa coloreada con pintura vieja. Me dijo de su familia enorme pero de a pedacitos y del calor nauseabundo de esperanzas que trae el viento del río De La Plata.

No me acuerdo la primera vez que escuché hablar de Juanito. Sé que fue hace tiempo y ni me pregunté quién era. Tamp
oco me acuerdo cuando fue que me di cuenta que su padre era conocido sin ser su padre. Y que Juanito, en su pobreza, no debía saber que tenía ese otro padre del que hablan algunos marcos. Sí me acuerdo la primera vez que Juanito me sonrió. Era una tarde y yo ya era grande y llevaba días sin afeitarme. Juanito seguía siendo ese niño de ojos negros que nunca mira de frente a quien lo visita. Así de cordial es que uno olvida hasta la basura del paisaje. Una mujer que inventó esa tarde me llevó a conocerlo. Me envolvió de aromas de victorias posibles y cariños esquivos, y me engañó con verdades amables tan bonitas que hasta creí en el arte de una forma tal que Flaubert se hubiera sonrojado. Por un tiempo todo fue esa mujer. Por esa mujer hubo un tiempo que era arte. Y yo fui verdadero y de a colores.

Desde esa vez no he vuelto a visitar a Juanito, pero tampoco perdimos contacto. Lo llamé una vez al pasar semidormido por una avenida y ver desde el colectivo un dibujo en una pared. Ahí lo recordé en esa vaga silueta pintada y recordé también que ese mismo bondi se hacía esperar una eternidad cuando me llevaba a besarla a ella. Le dejé un mensaje otra vez que me pregunté por los dolorosos olvidos cuando, firme y estoico, no me permití preguntar por ella para no lastimar la distancia que pretendo como cristal quebrado. Esa vez escribí un mensaje a Juanito como una nota en mi teléfono móvil; como si pudiera olvidarme, como si necesitara no olvidarme. Y hoy hay una hoja borroneada y un sabor que no se decide entre almizcle, malta y jazmín cuando le cuento a ese chico de ojos negros de algunas soledades y de cómo sabía abrazarme con esa mujer; como sabía abrazarme yo en esa mujer; cuantos borrones tengo. Y miro la noche cálida y festiva y es hermosa y despreciable. Y hablo de ella y hablo y hablo y estoy hablando solo. Y ya ni veo la basura que hace el paisaje de mis entrañas. Y respiro fuerte pero ni el río De La Plata me invita a un horizonte que pueda ser otra cosa, al menos allá, donde se corta el cielo con el agua y la esperanza. Y me pregunto por algunos colores, y me pregunto si me acuerdo cuáles son o solo busco que sean para saber que existió una vez donde los hubo.

Me doy una ducha porque algo apesta. Mientras me seco veo que el tipo del otro lado del espejo está algo más grande, y lleva unos días sin afeitarse. Lo conozco. No es tan cordial ni mucho menos amable. Me mira y con una mueca de bronca me dice ¿te acordás qué vestido llevaba ella aquella tarde?
No le contesto una mierda.
Mi tristeza se llama Juanito Laguna y no piensa irse en esta noche despreciable. Porque le da pena mi soledad.
Y porque claro que me acuerdo del vestido.

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lunes, 14 de octubre de 2019

Un viaje


"Let it out
from within.
Some you lose.
Some you win."

Se sirvió una copa de vino. A decir verdad media copa. Tenía esa costumbre medio berreta: cuando la botella promediaba un tercio de contenido, Juan Pablo empezaba a mentirse a sí mismo sirviéndose  solo medio vaso. Era un proceso matemático para imbéciles donde así estiraba -en su percepción- la duración de la noche de copas sin comprar otra botella. No podían considerarlo un tipo tacaño. Sus amigos de la juventud siempre dijeron que era moderado pero de alma generosa. Esta técnica de mal bebedor tenía más que ver con el pasatiempo que era beber, y no con el gusto por la bebida. De hecho, a sus casi cuarenta años, Juan Pablo seguía siendo apenas un bebedor social. Y como hábito social también, ir a un bar a beber no era ir a un bar a tomar bebidas, sino ir a un bar a encontrarse con alguien mientras tomaban algo. Así, Juan Pablo sirvió medio vaso, y apenas si bebió medio trago de él. Dejó el vaso en la mesa y realizó medio suspiro antes de intentar decir media palabra. Volvió a tomar el vaso y, con el ademán de llevárselo a la boca, completó la postura. Ese aire elegante pero misterioso que supo tener desde siempre se conformaba de muchos pedacitos de otras cosas. Su postura siempre de torso recto contrastaba con el juego que hacía con su cabeza. A veces miraba de reojo y parecía estar mirando todo al mismo tiempo. Otras veces, miraba fijamente a su interlocutor y no había nada que no se revelara. Con su pecho y sus brazos dominaba el campo de juego. Sus manos jugaban en el aire cada tanto, acompañando alguna palabra furtiva y certera como flecha de cazador impiadoso. O sino se apoyaban sin ningún azar avanzando sobre la mitad de la mesa que le corresponde a quien tiene enfrente. Tenía la voz profunda y cavernosa. Y una mueca terrible que solo el incauto confundiría con una sonrisa. Y ahora, ese vaso detenido a la altura de su mentón, era parte de su elegancia terrible. Juan Pablo iba a hablar, el vaso solo era una distracción social. Un pasatiempo del encuentro. Tenía ese vino una exasperante ansiedad por ser bebido, que funcionaba a la perfección como contraste para acrecentar la idea de serena sensatez que portaba nuestro caballero. Y la penumbra, claro. La penumbra de ese bar lleno de fracasos se podía delimitar con la propia de Juan Pablo. Aun en los días más brillantes, él llevaba un etéreo y fino manto gris en el rostro.
-Contame, Simona, ¿viniste solamente para decirme que no ibas a venir más? -
Juan Pablo miró de costado, hacia la mesa de al lado. Pero no miró a las dos señoras que reían ampulosamente. Miró hacia cualquier lado pero la seguía viendo a ella. Simona ahí estaba. Era el más bonito error del verano. Sus ojos enormes y brillantes no querían mirarlo. Pero querían. Y él, él más aun quería ser visto. Simona lo miró una vez con esos ojazos y se asustó de querer mirarlo. Juan Pablo se buscó entre dientes en esa mujer. Y al buscarse supo que abría una puerta a esos cuartos por los que nadie pregunta. ¿Qué clase de aventura tendría el temerario Juan Pablo esta vez? El tipo no podía mirarla a Simona y no podía dejar de verla. De él se contaba más de lo que se sabía, pero en mitad de ese camino había que saber contar sus andanzas. El que la miraba sin poder mirarla de a ratos había sobrevivido a una avalancha de piedras en un anciano volcán de los andes patagónicos; todos sus amigos lo habían escuchado contado de su propia boca. Soportó barro y tormenta de semana y media en un pueblucho perdido de Koh Samui; lugar que su madre siempre confunde con otra anécdota de Vietnam, país que su hijo nunca pisó. Tragó arena del Rub al-Jali durante días, en una aventura disociada y sin contexto que parece más un relato de lo que alguien alguna vez quiso que podría haber pasado. Como sea, Juan Pablo tenía algo de sobreviviente épico y otro poco de héroe con suerte. Y ahora, frente a Simona,  buscaba desesperadamente en su mochila el truco para no morir en una mesa de bar. 
- Entre vos y yo pasan cosas, Simona. Y sí, yo no sé tampoco qué hacer con algunas de ellas porque no sé qué son. Pero acá estoy otra vez, porque quiero darme la oportunidad de descubrirlo, Simona -.
Simona, Simona. Repetía el nombre categóricamente en las oraciones. Era una afirmación de “acá estás aunque no te animes a estar”. “Acá estoy yo, Simona.”  Antes de ahogarse en sí mismo en ese vaso, el vino fue bebido. Esos sorbos de medio vaso -como un pasatiempo- eran la claridad. Como en la montaña se ve la saliente adecuada para afirmarse, Juan Pablo pensó en restarle importancia al asunto. “Muchas aventuras quedan por recorrer.” “El mundo es un patio de juegos.” “Salgo del bar y desaparezco en Iruya o Tombuctú por un mes.” “¿El mundo es un patio de juegos? ¿Qué demonios significa eso?”. Apoyó el vaso vacío en la mesa. Con su mano izquierda sobrepasó la frontera imaginaria que marcaba el servilletero. La dejó abierta, casi famélica, deseando en sus adentros que Simona la tomara.
- Me encantó tu chispa. Me costó aceptar que me encantó tu chispa el primer día, y que luego me siguió encantando otros días más. ¿Sabés qué pensaba al pensarte, Simona? “Aventuras”. Yo, que siempre fui solitario, me veía viajando de aventura en aventura con vos. Porque sí, porque vos tenías que ser tan valiente como debe ser uno en esta vida. ¡Estaba tan cansado -y aburrido- de gente mediocre!-
Marcó la pausa sirviendo apenas algo de vino nuevo en su vaso. Cerca de medio vaso otra vez. No se puede restarle importancia, pensó. No es comparable a ninguna de expedición de mierda. “Esta aventura no la conseguís armando tu mochila solo.” Los mapas y bitácoras son una condena que solo valen para los que vuelven para contarla. Juan Pablo tenía registrado -aún si simuló no darle mucha relevancia- cuando Simona le dejó ver que le pasaban cosas con él. Cuando Simona, la de los ojos grandes y brillantes, lo miró y temblando le admitió que la asustaba sentirse conectada así. A él le encantaba eso en general, como a todos en cada particular. Porque le encantaba ver que funcionaba ese encanto que producía a veces, a pesar de sus modos huraños y sus cerrojos y reservas. Porque estaba encantado con Simona, porque era bonita, porque lo seguía a pesar de sus embates verbales, porque era una aventura, porque le encantaba su encanto y le encantaba que ella se encante.
- Pensé que nos merecíamos hablar. De una vez por todas… que nos debíamos que el coraje sea valor para que los pasos sean jornadas memorables. Pensé que esta vez nos tocaba, pensé en una compañera de aventuras que me elija de compañero. Te vi ahí, me vi con vos ahí. Sonreí ahí. Pensé en las charlas entrecortadas y aposté a todo lo que había por decir, en lo que nuestra voz haría manifiesto si se tiene lo suficiente para animarse y elegirlo… - Se dio cuenta, ahí mismo se dio cuenta, y ahí sintió subir un ahogo por su tráquea- … Pensé que nos merecíamos hablar… y acá estoy, otra vez, hablándote solo.
Simona fue impactada por algo entre la invitación, la culpa y el deber. Sabía que era peor si no decía nada. Juan Pablo la leyó como otras veces, y fue invadido por tristezas: Simona iba a hablar, pero iba a hacerlo más motivada por la observación recibida acerca de su no decir nada, que por haber decidido decir algo valiente, o por tener el valor de decir algo decidido. Juan Pablo vio su mano semiabierta, ahí tendida, más allá del límite crucial del servilletero; la vio abandonada y moribunda. La soledad era una mano que agonizaba de deseo y moría de esperanza. Un segundo nada más y en su cabeza tenía su discurso sin respuestas, la motivación de Simona rozando la herejía, y una mano hueca muriendo de frío. Odió su cabeza por notarlo y ya tenía cuatro cosas. Odió a su cabeza por tener que decidir que no valía la pena contarle a su compañera todo esto. Inundado por la suma de faltantes, con cinco cosas en la cabeza, exhaló llenando el aire. Su mano volvió a un país devastado, donde nadie tiene motivos para brindar por nada. “¿Notaste que vos tenés una copa y yo un vaso?”. Simona miró su recipiente y el de Juan Pablo. La observación era cierta, era simple, y hasta permitía un hueco de aire en la charla que ella no supo decidir qué hacer. Se vio apabullada. A decir verdad, apabullada por la suma de cosas que había y faltaban en esa mesa. Esa mesa que de su lado de la frontera no tuvo lugar para refugiados. Esa mesa donde Simona, con sus ojos grandes y brillantes y su corazón bello y temeroso, seguía sin decir una sola palabra.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Tres mosqueteros

"Pero dale no me retes,
no me trates tan absurdo. 
Demasiado poco amable ya es el mundo."
I. Noble




-¿Y te contestó algo?- le dijo Ireneo sin mirarla. Si bien sus ojos seguían en el saquito de té que tenía en la taza, tenía la mirada dura. Su expresión cargaba un gesto que era a la vez valiente e inútil, como quien desvía la vista cuando interroga sobre una avalancha que está a punto de consumirlo.
-No- contestó Sybil.- Nada-
- Es increíble como cambia la gente. Hace un tiempo nomás solíamos andar los cuatro de acá para allá, siempre juntos. Vos, Aurelia, Cruz y yo, todo el tiempo, hablando de amistad y de cuidarnos las espaldas, de risas y viajes… Je… - rió tan forzadamente que ese JE fue solo onomatopeya- …¡será que no todos son como enuncian!-. El tono risueño que quiso imponer fue de papel. Sybil lo estrujó en el aire sin mayor reparo.
- Me da bronca. Y verte a vos mal también.-
Ireneo practicó una respuesta que abandonó. Su boca entreabierta decidió no regalarle más nada a la papelera de la conversación.  -Sí, me da mucha bronca. Me duele.- Al menos las siete palabras elegidas eran imbatibles en su tristeza. Aun si no tenían mucho más para ofrecer que tristeza.
-Ojalá algún día podamos dejar de hacernos problema. Aurelia ya eligió con quien quiere estar… y no somos nosotros.-
Ireneo bebió apenas un sorbo de su infusión. -Cruz me dijo hace unas semanas… que quería hablar con Aurelia-.
- ¿Para?-
-Porque está podrido de verme mal y que ella no sea capaz de aclarar las cosas-
Sybil hurgó dentro de un paquete de galletitas. Sus dedos le pusieron mucha atención a la búsqueda ciega hasta que parecieron elegir la más adecuada. Se dejó ver una casi redonda masa de vainilla con un centro de dulce de membrillo brillante. Se detuvo cautiva en la mano de la muchacha, que pasó a desatenderla, como sucede con muchas cuestiones cuando ya son apresadas. -Aunque no me contestó, el otro día le escribí otra vez a Aurelia. Le puse que es más difícil superar a una ex amiga que a un ex marido.-
Ireneo dejó escapar una pequeña carcajada furtiva. Fue casi insonora. Sybil la reconoció, sin embargo, con suma facilidad. Su frase hizo efecto justo en ese lugar del cerebro que combina la inteligencia con la diversión. Y ella sabía ver en Ireneo encenderse como relámpagos esos aciertos gramáticos.
-Somos pocos así. Digo, los que pensamos así. Es difícil vivir siendo tan distintos. Sobre todo porque no podemos entender cómo el resto puede vivir así. Yo, por ejemplo, sé que pienso muy distinto que muchos, y sin embargo, eso no quita que sepa lo importante de atender lo que le pasa a los que me importan. El tema realmente no es que no seamos iguales, sino que en cosas fundamentales, de esas que se miden en valores, seamos muy distintos.-
-Yo me quedo tranquila que hice hasta donde era sano y estaba dentro de mis parámetros de amistad. A pesar de eso, me jode, me duele. -
-Y sí…- apuró Ireneo- ...porque te importa. Y al atender lo que nos importa nos desnudamos un poco. Supongo que duele ser valiente al pedo con algunas personas-.  Bebió otro sorbo de ese té ya frío. Sus tonos de cierre muchas veces eran una contradicción entre la sombra triste que guardaban y la fuerza de sentencia que construían nomás dejar sus labios.
En ese momento, como si fuera más causa que azar, llegó un mensaje de Cruz. Ambos lo leyeron y sonrieron. Sybil guardó la galletita aún intacta otra vez en el paquete.



martes, 3 de abril de 2018

Apenas una brisa

"Y nos hicimos mayores esperando las flores del jacarandá."
J. Drexler.



- ¿La cerveza negra era para...? - dijo la camarera. Santos no contestó rápidamente. Prolongó un segundo más ese limbo de a tres mientras la joven muchacha sostenía el porrón en su mano. Lo hizo porque le llamó la atención la sonrisa genuina. "Está sonriendo y nos mira a la cara, pocas camareras tienen esa deferencia" pensó en el mismo relámpago que agregó "debe tener un buen día". Apenas un segundo demoró eso. Luego, unos breves instantes más, porque disfrutaba un poco la incomodidad amable del momento. La camarera aun sonriendo esperando una instrucción efímera para apoyar la cerveza en el lado correcto de la mesa; él sabiendo que no contestaba pensando en la sonrisa, en la mirada, y en el limbo provocado, con esa sensación de cómodo transitar por el control que da no hacer lo esperado; y Carmela, frente a él, reaccionando. "Para él", dijo Carmela y señaló a Santos. Lo indicó con un firme ademán como destinatario del pedido y como culpable del momento. La camarera dejó un "que disfruten" y se retiró aun sonriendo.
- ¿Viste? Dijo "que disfruten", no que "las disfruten", por las cervezas; o que "lo disfruten" por el momento. Dijo solo "que disfruten". Podría referirse en términos generales al momento, pero eso también es referirse a vos y a mí. Que "nos disfrutemos" está diciendo -
- No creo que ella haya elaborado tanto, Santos -
- Mejor aun si no lo "elaboró". La forma en que hablamos deja honestidades sutiles. ¿Viste cómo sonreía? Estaba contenta-
- ¿No puede ser que sonría porque es una persona que hace bien su trabajo? -
- ¿Atendiendo gente que está pasándola bien mientras que ella está laburando, a las dos de la mañana, y encima que la hacen esperar con una cerveza en la mano? -
- ¡Sos un tarado, Santos! ¡Lo hiciste a propósito!-
- ...pero ella siguió contenta. Te dije que estaba contenta- y Santos sonrió como quien puede probar un enunciado solo porque se lo ha vuelto a encontrar en el siguiente recodo de la misma conversación.
- Sos un hermoso insoportable - dijo Carmela, y rapidito tomó un trago de su cerveza para tapar su propia sonrisa.
- ¿No es mucho enunciado para no conocernos tanto? - le apuró el trago Santos.
- Tu mirada es muy transparente... solo para el que sabe observar- dijo ella, apenas bajando un poco su vaso para permitir salir a las palabras sin que se embriaguen.
- Eso también es mucho enunciado -. Santos probó su cerveza negra. Era espesa y tenía un dejo dulzón.
- ¿Está rica?-
- ¿La cerveza o vos?-
- La cerveza... -
- Sí, muy, ¿querés probar? -
- No me gusta la cerveza negra -
- ...si querés probar ruborizarte otra vez, iba a decir. Porque te pusiste rosada recién.-
- Jaja. Qué tonto. ¿Me decís esas cosas para que me muera de vergüenza?-
- No, no realmente. Pero te queda lindo también. Aparte... ¿preferirías una cita llena de enunciados ingenuos? -
- No estaría con vos acá si quisiera eso - remató Carmela. Santos se cubrió la cara con el trago, porque sus palabras ya estaban embriagadas de esa muchacha.
Luego el momento se sintió ideal. Ella dijo no creer en momentos ideales. Él dijo que el truco está en reconocerlos en vez de idealizarlos... o algo así. Adentro del bar, tras la barra, la camarera seguía sonriendo. Nunca se enteraron Santos y Carmela por qué. Pero sí, estaba contenta. Y la gente sonreía un poco más cuando ella venía a atenderlos.
A veces hay más de un truco.

domingo, 21 de enero de 2018



"El polvo viaja y parece cristal
o pequeños planetas que saben bailar."
S. Rodríguez.


- Días como un barranco sin caída son estos -.
- ¿Cómo es eso? - contestó con apenas una deferencia de interés, acostumbrado como estaba Luciano a los juegos de palabras de su compañero.
- Claro, la pendiente ahí está, pero vos no te caés. Solo te pasás todas las putas horas haciendo fuerza para sostener el equilibrio. A un lado y al otro: barranco. Y no querés caerte, pero eso no significa que lo que te la pasás haciendo sea mejor.
- ¿El esfuerzo por evitar algo peor no es mejor si cumple su cometido?-
- Depende si mirás su efectividad o su desarrollo... - contestó Gustavo con el brillo de quien tiene el remate listo desde que te invitó a jugar- ...depende, si te parás en el resultado, no te caíste; ahora, si te pongo a vivir el desarrollo, ¿cuántos años querés vivir haciendo solo eso?; no parece una vida muy divertida. -
-¿Entonces te dejarías caer vos? - Luciano devolvió el golpe, creyendo ver un hueco de esos que se forman cuando el otro juega siempre al ataque.
- ¿Yo?... yo saldría del barranco de una puta vez, ¿no te parece?-
Gustavo tenía huecos, pero rara vez eran los que su amigo creía encontrar en sus frecuentes idas y vueltas verbales. Lo que sí Luciano sabía sin titubeos era que Gustavo estaba cansado de días como estos. Y que a pesar de sus huecos, quería a su amigo con esa mezcla de admiración y coraje que tienen los abismos.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Todos los fulgores






"But I just can't get no relief, Lord!"
Freddie Mercury


Tenga, usted, en sus manos un pedacito nomás  de  este centauro que vestido de intensidad celeste busca un encierro de pájaros y rosas, porque, en usted, se comprueba que debe existir un profundo desinterés hacia la ausencia de magia alguna.


El clamor de esta puerta que se golpea diciendo que vale más la coincidencia que el desbaratado abrazo de su umbral, la invita a buscar la noche de historias que solo son escritas en metáforas que profanan el sudor de los poetas.


Una sábana de silencio es apenas el juego. ¿Cuánto se desgarra como membrana de miel el  jinete del sueño si no se entrega a la conquista de al menos una palabra que vuelva vecinos a los amaneceres y el tiempo?


Un hombre extraño en la memoria de los jardines. Un aroma a monte perdido en el pasto fresco de la justicia. Un atormentado Aleph marcado a borrones de si mismo. Un destierro de regreso, sin más patria que el deseo.

Haga su oración, cobijo de libélulas al infierno del día. Agazapado llego al pecho del arrabal que permite su clemencia. Se construye allí la mortaja de la paz que merodea el alma como partícula de paraíso. Vendaval de usted. De mí. De la tierra y el inframundo y el océano y el sueño y la tortura y la luz.

Un centauro vestido de intensidad celeste no duerme en su frenesí de existencia.
Qué gusto su despiadada presencia. Qué necesaria esta quimera de palabras. ¿Qué hacer con usted?

domingo, 22 de diciembre de 2013

Despierto



"...solo nos dijimos cosas al oído...
...y si un día te encontrare una mañana..."

Andrés Calamaro


- ¿Estás molesto conmigo? - preguntó el viento.


El cóndor miró sin mirar, sus pupilas dibujaron un arco, como quien relojea que todo esté en su lugar en el cielo.

-Acá estoy para pasear un poco con vos, estuve ocupadísimo sacudiendo los árboles del Bosque Azul, soplando dientes de león de los campos y despeinando los rulos del océano Pacífico. ¿Te parece que juguemos bajo el sol del mediodía?-


El cóndor sintió un cosquilleo bajo sus plumas de solo imaginar el empujón de aire.

- ¡Vamos, decidí rápido que tengo que irme en un rato porque tengo cita con unos amigos del sur para armar remol
ino tras remolino todo lo que dure la tarde!- insistió risueño el viento.


- Ganas tengo, no hace falta que te diga lo bello que me resulta surcar el cielo con tu abrazo... - contesto pensativo el cóndor - ... pero... me queda como una vocecita cantando acá -por acá en algún lado de mí pecho-, algo como un huayno que cuenta lo mucho que vengo deseando compartir el vuelo del ocaso, y saber que no tengo que contar solo las primeras estrellas del verano-.

Para el cóndor -que de esto sabe de tanto andar pensando soledades que se esconden en las montañas- el encuentro que vale la pena tiene mucho más que coincidencias de vez en cuando.




(Foto: Gustavo Savelli)

jueves, 24 de mayo de 2012

La hora de la porquería









- Pero… ¿lo ha oído usté a Don Mariano? Le brota la sangre por las palabras, ¡eso es pasión!



- - ¿Pasión? – dijo Don Pascual mientras acicalaba su barba y bigote – Pasiones son las que sobran, muchacho. Acá mucha pasión nos va a tirar pa la mesma porquería que queremos sacarnos de encima.


- Jajajaja – la risa del joven era fuerte y, sin embargo, respetuosa.


- Habrá que ver igual…. Habrá que ver…-


- Que ver… ¿qué?, ¿qué dicen de la Europa? Si allá no saben ni dónde están parados…


- - Europa… mhhmf –la expresión no fue de desprecio, más bien de cautela. El gesto brusco con el que culminó de rastrillarse las barbas sí pareció tener algo de asco – No me preocupa Europa, acá estamos llenos de europeos y se muerde la mesma porquería el español, el criollo y el bastardo indio y quién sea que fue escupido del vientre por estas orillas-


“Porquería”, pensó el joven, “como le gusta esa palabra para sacar broncas”.


- Miedos – dijo el hombre y el joven se dio vuelta en su propia idea.


- - ¿Qué? – preguntó


- Miedos – insistió el hombre. –Tengo tantos como el que más. Se viene una jodida. ¿Quién sabe cómo nos vaya a salir esto? Podemos terminar saliendo con los pies pa adelante…-


El silencio se la pasó hablando de lo que nadie quería hablar. Las velas moribundas dejaron sus llamas paralizadas y expectantes. El aire frío le ponía un poncho de tensión a la oscuridad.


- Igual… digo, si los jefes ya dijeron que lo apoyaban… si estamos de acuerdo… o sea, ¿tenemos las de ganar, no?- el joven necesitaba seguridades que sabía que el hombre maduro no podía darle.


- Decime, chango, ¿por qué hacés esto?


- ¿C… cómo “por qué”? – la pregunta lo sorprendió. A decir verdad, hasta que le pregunten su nombre lo habría tomado por sorpresa en ese momento.


Igual, para su suerte, la pregunta de Don Pascual no era pregunta sino preámbulo:- Estoy grande y cansado de la porquería. Y veo mucha porquería. Quiero ver si eso que se vende como patria de verdad huele distinto. En esta orilla es tiempo de saber quién es quién…. Y vos y yo tenemos que pelear para ganarnos eso. Lo que pase en la Europa no me da miedo. Me da miedo tener esto… me da miedo saber que necesito saber cuál es mi patria para saber quién soy y que lo necesito antes que se me vaya la vida… - el hombre tomó aire para continuar… pero solo aire sacó.


La puerta del cuarto se abrió de repente. Un rostro endurecido susurró con ferocidad: “Vamos a hacerlo… el Jefe nos mandó a avisar”.


Don Pascual apoyó una mano en el hombro del joven y mirando al recién llegado preguntó- ¿Don Cornelio finalmente se decidió?-


- No solo eso, “no se debe perder una sola hora” fueron sus palabras-


- Menos mal… – dijo el mayor y acarició su barba una vez más- …que ya estoy grande y las horas pesan mucho a esta altura.

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