Aun creo recordarte.
Y aun creo recordarme.
Empecé siendo hijo de mi madre y hermano de mis hermanos. Pero eso duró hasta la tormenta.
Luego me tuve que conformar con ser cachorro de la calle. Así aprendí a dormir entre cajas, soportar golpes y patadas, esquivar automóviles y buscar mi cena entre la basura.
Y ahí te conocí.
Entre cajas y basura.
En un invierno muy fuerte y malvado, tropezaste conmigo mientras entrabas apurado a ese callejón.
Y ya eras distinto.
Distinto porque te detuviste en seco ante el impacto con mi pequeño cuerpo lleno de pelos, barro y mugre.
Distinto porque con un saludo de tu bombín me pediste disculpas por el atropello.
Y yo aprendí algo. Porque hasta ese momento nadie en mi vida se había disculpado conmigo.
Las disculpas se sienten bien. Aun más en invierno.
Distinto porque no me asustó la madera que sostenías en tu mano. Nunca la usarías para golpearme. En más, ¡ese era el bastón más gracioso que nadie pudo tener!
Distinto porque te acurrucaste a mi lado entre los desperdicios. Para darme calor. Para ocultarte de aquel hombre gigantesco de ceño fruncido que pasó feroz pero no te vio en nuestro escondite.
Distinto, porque te asomaste hacia la calle y con otro saludo te despediste. El peligro había pasado.
Distinto porque en uno, dos, tres segundos volviste tu mirada hacia mí. Y yo te correspondí. Uno, dos, tres y moviste tu bigote con dudas de cariño. Y tres y más veces moví mi rabo maltrecho para sonreírte.
Me acerqué tímido y dejé escapar unos sollozos. Pensé que el viento se alimentaba de lágrimas porque al oírme levantó una helada ventisca. Los dos nos estremecimos con el frío acariciándonos. Y una caricia fue tu mano. Como quien se refugia en el calor del abrazo, me envolviste en tu pequeña chaqueta. Y yo te di un beso feo de perro. Y sonreíste porque entendías. Y apretaste aun más fuerte mi cuerpito.
El invierno ya no era tan malo.
La ciudad con sus autos y hombres ya no era tan mala.
Y la maldad era lejana.
Ahora sé que las historias de perros y vagabundos son clásicas.
Mendigábamos juntos. Y, debo decir, a veces la picardía nos ponía al alcance de la mano algunas comidas de esas que vienen condimentadas con algo de riesgo y una que otra huída.
Pero… ya lo dije: La maldad era lejana.
En tu humilde casilla de madera tenías solo una mesa, un mantel, dos sillas y un colchón.
Sobre esa mesa se repartían los humildes manjares, las penas y los sueños.
El mantel, a pesar de sus agujeros y manchas, nos recordaba que la elegancia no viene de la mano del dinero.
Las sillas nos hacían iguales. Una para cada uno.
El colchón era apenas un despojo. Pero alcanzaba. En él me convidabas ternura mientras yo velaba tus ronquidos.
Alrededor de tu paso oscilante se resplandecía la emoción genuina, el valor de lo simple, la esencia de cada alma.
El desprecio a la injusticia era aun más grande que tus propios zapatos pasados de talla.
Con cada gesto pintabas de risa un mundo cada vez más blanco y negro.
Pero hiciste aun más.
Hiciste de este huérfano, de este perro de la calle, TU perro y compañero.
Y yo dejé que lo fueras todo para mí (Los perros somos así).
Aun creo recordarlo.
Fue también en invierno cuando repetí tus palabras: “Aprende como si fueras a vivir toda la vida y vive como si fueras a morir mañana”.
Revisé cuidadosamente cada pedacito de mi historia.
Y me fui serenamente.
Ese invierno se alimentó de tu llanto.
La Navidad a veces hace más dolorosas las heridas.
Ese Diciembre la ciudad te pareció maldita.
Ahora todo es en colores.
Risas violetas, muecas anaranjadas, verdes esperanzas y corazones azules.
¡Y ese gesto….!
Ese gesto que se balancea entre tus hombros y tu bigotito.
Esos ojos llenos de magia que juegan carreras con tus pasos.
Ese gesto. Cada gesto.
Nadie pudo pintar el blanco y negro en tantos tonos. Y enseñar y querer.
El solo recordarte hace que el mundo entero sea más lindo.
Siempre tuviste razón.
“El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”.
Un Diciembre saludaste con tu sombrero bombín.
Tomaste tu bastón.
Y con tu paso gracioso viniste a buscarme.
El invierno ya es solo un recuerdo.
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Pero para mí, es uno muy grato.
Un 16 de Abril de 1889 nacía el actor, guionista, productor y director de cine británico Sir Charles Spencer Chaplin.
No sé si tuvo perro.
Pero si hubiera tenido, esa Navidad de 1977 que nos dejó, lo hubiera ido a buscar. Porque el tiempo hace finales perfectos.
