viernes, 25 de julio de 2025

Sobre "La pequeña coral de la señorita Collignon"

 Recién (posta, recién) terminé de leer “La pequeña coral de la señorita Collignon”, del español Lluís Prats. Tiene dos cosas que son muy reconocibles: Es un libro cinematográfico y es predecible. Ya la premisa propone una historia que vimos cien veces: una profesora acostumbrada a una escuela céntrica es trasladada a una marginal. Superada la conmoción inicial, en poco tiempo transforma la vida de sus estudiantes que, hasta su llegada, eran un grupo variopinto de inmigrantes con poco futuro. Si viste y te emocionaste con películas como “Escritores de la libertad”, “El club de los poetas muertos”, “Mentes Peligrosas” o “Entrenador Carter” (yo lo hice), la experiencia de “La pequeña coral de la señorita Collignon” tiene el mismo efecto, pero con un recorrido mucho más simple e inocente. Es más parecida a “Cambio de hábito” pero sin el humor.


¿Entonces, recomendás o no el libro? Sí, claro. Porque funciona. Porque hay algunas historias que son predecibles porque ya vimos cien veces sus recursos para tocarnos el corazón, y no por eso dejan de hacerlo. Porque la trama es simple pero bella. Porque el final es un tercer acto para que tu cabeza lo nutra de grandilocuencia como si estuvieras en una superproducción de Hollywood… o en la ópera del mejor teatro de Paris, Madrid o Buenos Aires. Porque todos necesitamos creer que en el mundo pasan cosas que nos dan esperanza. Que la gente se une, que las manos se tienden, que las personas tienen gestos de grandeza cuando son necesarios. Que todo puede cambiar si no nos rendimos. O al menos, creer que el mundo aún puede darnos un rato de magia. De esa magia que lo sigue siendo aunque conozcamos sus trucos.


PD: Hay una película francesa basada en este libro, “Los chicos del coro”. No la vi, pero un relato así solo puede arruinarse con esmero. Así que debe estar bien. Me avisan si la vieron.

martes, 21 de enero de 2025

Sobre "La Isla del Tesoro"

 


“Compañeros, estoy aquí para llevarme el tesoro, y no me va a ganar hombre ni demonio”. El pirata John Silver vocifera, da órdenes, traiciona, y -sin embargo- nos resulta encantador. En el fondo, se porta bien como personaje, y deja que el joven Hawkins sea el protagonista de la historia la mayor parte del tiempo.
Leyendo “La isla del tesoro” sentí que me golpeó a las puertas de la memoria una esquiva niñez añorada. Películas como “Los Goonies” o “La joya del Nilo” me hacían sentir que el mundo nos tiene reservadas mil aventuras. Y la misma infancia nos hace siempre dignos de cada una de ellas sin ninguna duda. Este libro es así. Atrapó entre sus hojas mi atención y mi corazón, me hizo exclamar solito conmigo (bah, una de mis gatas lo escuchó) “Esto es una maravilla”.
Me debía este clásico de la literatura universal. Y leer a Robert Louis Stevenson es un disfrute grandioso. Alguna vez Borges, quien era bastante crítico de otros escritores, lo mencionó como su “maestro y amigo”. Yo me puedo parecer un poco a Borges en eso de hacer amigos a través de los libros. Muchas veces mi amistad se basó en la intrincada prosa de Borges, porque me parece bella, me desafía, me hace pensar, y me vuelve a parecer poesía, filosofía y ciencia como una misma cosa. Hoy, quiero invitar a todo el mundo a vivir aventuras con Stevenson, un amigo de la infancia que no sabía que tenía. Porque hace mucho tiempo que un libro no me hacía sentir que el mundo aún tiene aventuras esperándome. Y no quiero olvidarme que aún soy digno de merecerlas. Así que ya saben: si encuentran un mapa ajado y amarillento, con referencias hechas con dibujos simples y cruces, me avisan. No sea cosa que un pirata haya dejado un tesoro por ahí.


miércoles, 11 de septiembre de 2024

Algo mejor

Vos dijiste que no querías cenar. Pero un rato antes dijiste que sí tenías hambre. Y antes aún habíamos dicho  que nos comeríamos unas ricas papas fritas.

Te volví a preguntar si querías que pidamos algo y me dijiste que mejor no, que coma yo lo que quisiera, que preferías no comer porque no tenías ganas de nada.

Después te fuiste a bañar. Yo, mientras estabas en la ducha, me puse a pelar papas y calentar aceite. 

Cuando saliste del baño sonreíste oliendo a jabón y me besaste. La casa ya olía a papas fritas.

Después, cenamos juntos.

martes, 3 de septiembre de 2024

Limones

 



Hoy, Silvio buscó en internet cuánto tardan los limones en echarse a perder. Aparentemente dos o tres semanas pueden aguantar en la heladera.
Hace unos días los compró para ella, que antes de verse le dijo que tomaba té “con limón de fruta”. A él le pareció un encanto esa oportuna diferenciación casi infantil pero completamente acertada de cualquier otro producto industrializado con sabor a limón.

Hoy, miraba en la pantalla de su celular información sobre la conservación de los limones. Dos o tres semanas. Un tiempo más si se guardan en un envase cerrado. Es una fruta muy porosa, leyó también. Sabe que va a retener esa oración de apariencia inútil. Su cabeza retiene cosas que leé de forma algo extraña a veces.

Ella no tomó té con limón. Estaba algo engripada y sacó de su cartera uno de esos sobrecitos de té medicinal en polvo. Él mismo revolvió en la taza hasta disolverlo en agua caliente. “Si es polvo, así, deshidratado, no creo que se le pueda seguir calificando de infusión” pensó, en asociación libre después de leer que el limón aguanta dos o tres semanas en la heladera. Su cabeza se ejercita de maneras algo extrañas a veces.
Tal vez pasaron uno o dos días desde que los limones llegaron a la verdulería hasta que Silvio los compró. ¿O pueden ser más? “Ni idea cómo es la rutina de entrega de mercadería de la verdulería de acá cerca” pensó. “Le deben quedar dos o tres semanas. Ponele que dos”, se dijo mientras los miraba buscando algún rastro de mancha o moho en la piel amarillenta del fruto. Amarillenta y porosa.
Habían pasado cuatro días desde que se habían visto. Entre ese lapso más lo incierto del tiempo anterior a la compra fue que sentenció de forma bastante vaga un “Ponele que dos”.

Cuando ella le dijo que quería “limón de fruta”, él sonrió. Y como no suele usar limón, pasó a comprarlos antes de verla. No sea cosa de fallarle con el té a ella, que lo había hecho sonreír.
Volvió a mirar su celular. Ese día o el siguiente. O el otro.
Simple, casi infantil, pero tremendamente acertado, así se sintió Silvio cuando compró “limón de fruta” para ella como si fuera una misión sagrada.
Hay una esperanza ácida y cítrica que ahora tiene su cuenta regresiva. No sea cosa que al limón haya que tirarlo porque ella se tarde en pedirle un té otra vez.



domingo, 1 de septiembre de 2024

Futil

 No sé si alguien me lee como se lee a los poetas.
Pero permítanme decir que lo lindo y lo bonito no son lo mismo.

Y diré también lo triste que es hacer esta declaración en vano.

viernes, 23 de agosto de 2024

Raspando

Ayer le pedí disculpas a una alumna porque dije algo que la hizo sentir mal.

No era la intención, y realmente tampoco el contenido.  Pero ella se sintió mal igual porque viene cargada con otras tristezas de su vida.


Es una alumna muy vaga, que no presta atención, no cumple con las actividades y siempre se distrae. Pero no le dije nada de eso al pedirle disculpas. Porque no tiene nada que ver. Y porque me acerqué a ella por su tristeza, no por su desempeño académico.


Tampoco le di lecciones de moral. Ni pretendí hacerle ver que debía fortalecer su carácter en vez de ser tan susceptible. Porque me dolió su tristeza y me dolió no poder anticiparme a ella.


¿Saben cuál es el truco? Recordar que todos fuimos ella muchas veces. Y lo vamos a volver a ser muchas más. Yo incluso hoy quisiera que el mundo sea menos injusto con mis propias tristezas. 

martes, 23 de julio de 2024

Estandartes

 He estado mucho tiempo triste. Tanto que pude valorar enormemente esos momentos donde sonreías genuinamente. En ellos, yo era pura dignidad. En ellos, vos me recordabas que el intento valió la pena.

Qué pena siento cuando oigo el crujir de tu armadura al intentar buscar una espada de otras batallas. Qué peso debe ser querer abrazar con ese otro peso encima.
Siempre que veo ejércitos llevando un estandarte a la batalla me pregunto qué sentirá su portador, sin escudo y sin espada, expuesto por sostener erguido el símbolo y los colores.
Tal vez los estandartes tienen alguna función práctica. Al menos una: recordar que pelear contra algo es distinto a pelear por algo. O alguien.



martes, 31 de octubre de 2023

¿Acaso se puede estar más triste?

 Hoy leí comentarios de gente diciendo que ya están hartos con "lo de Mathew Perry".

Imaginate pasar por el potrero donde fuiste feliz en tu infancia. Al costado de esa cancha llena de posibilidades que armaste con tus amigos, está el árbol donde la chica que te gustaba te sonrió distinto por primera vez. Contra el paredón de la fábrica abandonada donde hacías el arco con dos ladrillos, ahí tomaste una coca fría aquel verano agobiante, ahí planeaste un viaje imposible y lleno de aventuras con tu mejor amigo. Otra vez, en ese claro rústico y entrañable, fuiste a trabar una pelota con más fuerza que puntería y te raspaste la pierna con la tierra hasta sangrar, pero te acordás más de tu vieja limpiándote la herida al volver a tu casa que del partido perdido.

Nostalgia, mariposas en la panza, sueños y pactos eternos. Todo cabe en el recuerdo. 

Bueno, eso es Chandler para nosotros.

Y ahí está la vida diciéndonos qué potreros ya no podemos pisar, pero van a tener magia toda la vida.




* El pasado 28 de octubre de 2023 falleció el actor Mathew Perry a los 54 años de edad. Chandler, su personaje icónico en la serie Friends, marcó a toda una generación.

viernes, 30 de junio de 2023

Perfecciona


"Si cruzo mares y abrazos.
Si por si acaso el tiempo no se duerme.
Siempre elegiré por detenerme
para verte"
B. Amadeo


Hay dolores, angustias y tristezas que no son malas. Sí, siempre es jodido transitarlas, pero de eso se trata, porque en ellas nos transformamos, crecemos, aprendemos y valoramos las cosas que queremos repetir, las que queremos conseguir y las que vamos a poner todo lo necesario para que no vuelvan a suceder.


Hay dolores, angustias y tristezas que nos despiertan a ser mejores.

Recuerdo haber visto más de una vez a alguno de mis perros mover sus patitas mientras soñaban, y ahí me acercaba despacito para acariciarlos y hablarles suavecito para cobijarlos de alguna posible pesadilla.


En los campamentos siempre se escucha un llamado, una tos o un lagrimeo, y así hagan tres grados y el pasto tenga escarcha, salgo de mi bolsa de dormir y voy de carpa en carpa buscando atender si alguien se destapó, si hubo algún susto o si las ganas de ir al baño necesitan acompañante para cruzar la noche.


Cierta vez, discusión mediante con una pareja, resolví ir a darme una ducha acompañado solo de mi enojo pero no funcionó: la escuché a ella que empezó a llorar y en unos segundos estaba chorreando sobre el piso para darle un abrazo mientras mi enfado quedaba del otro lado de la cortina solito.


Otro día tenía que rendir un examen parcial muy importante para no perder una materia, pero mi amigo me contó que su mascota había fallecido… y mi amigo era mi mejor amigo. Su tristeza era bien entendible para mí, que algo entiendo de buenas amistades y de amor a los perros, así que tuve que recursar esa materia.


O aquella vez que con mi mejor amiga estábamos mirando una película y en medio de la madrugada llegó un mensaje de un amigo que teníamos en común. Él estaba mal y, mensaje va, mensaje viene, mi amiga le dice “¿Querés que vayamos un rato?”. “Si quieren…” contestó él, un poco porque quiere y otro porque vivimos a cuarenta kilómetros de distancia. Y ahí fuimos, a hablar de nada hasta casi el amanecer.


En medio de aquella casi irreal pandemia, otra amiga debía quedarse sola durante toda la noche en un hospital internada. Eran decenas de mensajitos intentando hacerle compañía desde lejos. Me sentía horrible por no poder estar con ella, no podía dormir pensando en eso. Al mismo tiempo, ella me decía -en más mensajes- que me vaya a dormir, consciente de que mi despertador descontaba las horas antes de ir a trabajar. En algún momento empecé a negociar con ambos, amiga y despertador, poniendo alarmas cada hora y media para ver si estaba en línea, para que pueda contarme como estaba, para hacer dos chistes o ver si se había dormido.

Toca el timbre, terminó mi jornada en esa escuela. Pero Laurita sigue con lágrimas porque las cosas en su familia no están bien. Estoy cansado, el día es largo y aún me queda mucho por hacer cuando llegue a casa. Pero sé que si cruzo esa puerta sin intentar un poco más, sin hacer algo -lo que sea, lo que pueda- con esa pena del tercer banco contra la pared de la izquierda, me lo voy a reprochar toda la semana.


Sí, los dolores, angustias y tristezas de los y las que queremos también nos vuelven mejores.

Porque no es normal ser impasible ante el mal de los que nos rodean. Porque la vida se detiene y reconfigura lo importante cuando alguien que tiene lugar en nuestro corazón sufre. Porque hay una fuerza ahí que saca lo mejor de nosotros. Y hacemos lo que tenemos que hacer.


jueves, 24 de marzo de 2022

Gracias

Hoy volví a LA plaza. Hoy volvimos, muchos y muchas. Me hizo dudar la lluvia y el viento, pero me arriesgué. Porque después de dos años de ausencia obligada, esa plaza de madres, abuelas, hijos e hijas nos estaba esperando.

La Memoria es un ejercicio activo, debe serlo. Es el trabajo día a día por esas cosas que queremos que pasen, y por esas cosas que Nunca Más deben repetirse. La búsqueda de la Verdad y la Justicia no son opciones. No para quienes practicamos la Memoria. No para quienes sabemos que hay un mundo mejor que debe construirse, y uno peor que acecha entre las grietas más nefastas.
Hoy tuve momentos de llenarme los ojos de humedad y momentos de sonreír en este regreso a nuestra plaza.
Cuando caminaba mezclándome entre las columnas de gente… de gentes. Cuando vi tantas banderas, pañuelos, consignas e imágenes que nos dicen que los presentes son muchos más que los que ahí estamos. A mí me emocionan esas cosas. A mí me emocionan las luchas de todos los que luchan por todos.
Vi a dos mujeres que seguramente no se conozcan. Que improbablemente se hayan siquiera cruzado entre tanta multitud. Una, anciana ella, con un tapado marrón que no terminaba de abrigar su frío; y maquillada como hermosa señora coqueta. Y su barbijo intervenido con un “Son 30.000”. Justo cuando pasé al lado de ella, un muchacho de veintipico la saludó, estirando el brazo por sobre las cabezas de otros. “Qué lindo verte acá” le dijo ella. “Te quiero mucho” le dijo él. Sí, claro que sí. Todos la queremos. Y mucho. Dos cuadras más tarde, frente a la Catedral, vi a la otra mujer, con un globo que decía “Nunca más”, montada sobre los hombros de su papá. Rondaba los cinco años y -emponchadita en su abrigo- miraba maravillada tanta gente, tantas banderas, tanto redoblante, tanto de todo. Le pregunté al padre si podía sacarle una foto, porque me pareció una postal hermosa. La foto salió mal. Y dirigido por mi propia poesía (tengo momentos así) me dije que claro, no entraba en una foto lo que yo estaba viendo. Y guardé el celular otra vez.
Mientras caminaba de a pasitos entre la marea de gente, escuché una consigna desde el escenario. Ese mismo escenario que estalló cuando Madres y Abuelas, viejitas y gigantes, lo ocuparon un ratito. Pero un poco antes, desde el micrófono alguien dijo “Levanten la mano los que nacieron después del 83”, y millares de brazos se elevaron. Yo sonreí, con mis manos en el bolsillo, por frío y por honestidad. Y por los parlantes la misma voz decretó “Ustedes que no vivieron la dictadura, están acá. Están demostrando que la historia está viva en ustedes. Que no necesitaron padecer lo mismo que nosotros para defender esta lucha. ¡Gracias, muchas pero muchas gracias!”. Sonreí otra vez, miré a la parejita que tenía al lado, ambos aún con su mano levantada, y repetí “Gracias”.
La Plaza llena de gente así, de historia y de lucha, permite eso: sonreír con los ojos húmedos.



jueves, 23 de diciembre de 2021

Paseo

 Y esta noche despreciable y hermosa, Juanito me contó de su tristeza inmensurable. Me habló de su hambre y de su casa de chapa coloreada con pintura vieja. Me dijo de su familia enorme pero de a pedacitos y del calor nauseabundo de esperanzas que trae el viento del río De La Plata.


No me acuerdo la primera vez que escuché hablar de Juanito. Sé que fue hace tiempo y ni me pregunté quién era. Tampoco me acuerdo cuando fue que me di cuenta que su padre era conocido sin ser su padre. Y que Juanito, en su pobreza, no debía saber que tenía ese otro padre del que hablan algunos marcos. Sí me acuerdo la primera vez que Juanito me sonrió. Era una tarde y yo ya era grande y llevaba días sin afeitarme. Juanito seguía siendo ese niño de ojos negros que nunca mira de frente a quien lo visita. Así de cordial es que uno olvida hasta la basura del paisaje. Una mujer que inventó esa tarde me llevó a conocerlo. Me envolvió de aromas de victorias posibles y cariños esquivos, y me engañó con verdades amables tan bonitas que hasta creí en el arte de una forma tal que Flaubert se hubiera sonrojado. Por un tiempo todo fue esa mujer. Por esa mujer hubo un tiempo que era arte. Y yo fui verdadero y de a colores.

Desde esa vez no he vuelto a visitar a Juanito, pero tampoco perdimos contacto. Lo llamé una vez al pasar semidormido por una avenida y ver desde el colectivo un dibujo en una pared. Ahí lo recordé en esa vaga silueta pintada y recordé también que ese mismo bondi se hacía esperar una eternidad cuando me llevaba a besarla a ella. Le dejé un mensaje otra vez que me pregunté por los dolorosos olvidos cuando, firme y estoico, no me permití preguntar por ella para no lastimar la distancia que pretendo como cristal quebrado. Esa vez escribí un mensaje a Juanito como una nota en mi teléfono móvil; como si pudiera olvidarme, como si necesitara no olvidarme. Y hoy hay una hoja borroneada y un sabor que no se decide entre almizcle, malta y jazmín cuando le cuento a ese chico de ojos negros de algunas soledades y de cómo sabía abrazarme con esa mujer; como sabía abrazarme yo en esa mujer; cuantos borrones tengo. Y miro la noche cálida y festiva y es hermosa y despreciable. Y hablo de ella y hablo y hablo y estoy hablando solo. Y ya ni veo la basura que hace el paisaje de mis entrañas. Y respiro fuerte pero ni el río De La Plata me invita a un horizonte que pueda ser otra cosa, al menos allá, donde se corta el cielo con el agua y la esperanza. Y me pregunto por algunos colores, y me pregunto si me acuerdo cuáles son o solo busco que sean para saber que existió una vez donde los hubo.

Me doy una ducha porque algo apesta. Mientras me seco veo que el tipo del otro lado del espejo está algo más grande, y lleva unos días sin afeitarse. Lo conozco. No es tan cordial ni mucho menos amable. Me mira y con una mueca de bronca me dice ¿te acordás qué vestido llevaba ella aquella tarde?
No le contesto una mierda.
Mi tristeza se llama Juanito Laguna y no piensa irse en esta noche despreciable. Porque le da pena mi soledad.
Y porque claro que me acuerdo del vestido.

Obra: "La partida" de Luis Felipe Noé

viernes, 6 de agosto de 2021

Los ojos de la dignidad.

*


Quiero por esta vez, aunque sea brevemente, compartir antes que se vaya toda la emoción.
Quiero que el mundo entero vea a los ojos a la dignidad.
De verdad, no es joda. Llénense de estas imágenes. De estas Leonas que nunca pero nunca perdieron. Compren para siempre esto de no rendirse. Guarden este tesoro. Miren, acá nomás, allá en el otro lado del mundo pero acá nomás. Miren a estas pibas rompiendo en llanto. Miren a estas mujeres abrazándose. Miren a todas estas chicas que se consuelan, felicitan, contienen y animan. Miren a nuestras enormes Leonas, ahí, con el alma en todo. Y a las otras, las de naranja que también son abrazadas en una muestra deportiva sublime de lo que sí debe ser en la competencia. Esas mismas que -te juro, las vi- abrazaron en su llanto a las nuestras. Se acercaron embanderadas en esos otros colores a felicitar en celeste y blanco. Porque la grandeza está en las personas, en las personas que ven personas, que reconocen personas así. Y aunque tengas uniforme de árbitro, te acercás a Belén, que aun inunda en todo sentido el arco, y le decís que sí, que ella es para siempre una campeona. Y a sonrisa pura te topás con él y ella, directores técnicos de cada equipo, que se regalan un afecto insólito en esta instancia. Mirala, mirala a esa ronda de ganadoras. Un círculo eterno para no olvidarse cuánto se hizo no bien, sino de forma grandiosa. Rompete todo, rompete toda, cuando las ves alzar los brazos tomadas de las manos con solo mencionar "Argentina" por alto parlantes. Las veo escalar esa tarima y están mucho pero mucho más altas. Y ahí se detienen en el tiempo, mirando como niñas nuevas esa medalla de plata de campeonas. Y vos quedate, quedate ahí también. Quedate en todo esto.
Quedate acá, porque esto es la imagen de la dignidad.
Y quiero que todo el mundo la vea.


 



* Final de los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 en hockey femenino sobre cesped. Países Bajos ganó la medalla de oro y Argenitna ganó la medalla de plata.

jueves, 17 de junio de 2021

En estas páginas...

«Ninguna historia cuenta una sola historia, ni en los libros ni en la vida.»
Abelardo Castillo. 


Los libros son tal vez el único lugar aparte de mis perros donde me he refugiado de entre mis demonios, me he reconocido en mis encrucijadas, me hice de coraje ante mis abismos, y resulté ser mejor inequívocamente. Libros y perros no han flaqueado nunca como escuderos y brújulas. Yo... yo a veces sí.



martes, 1 de junio de 2021

2

 

*

Cada vez que conocí a una persona que se autodenominaba "cero conflictiva", resultaba ser o que le chupaba un huevo todo lo que pase en y al mundo, o -peor- que era su latiguillo para minimizar los conflictos que ella misma provocaba y no quería atender.

Chicos, para no ser conflictivos hay dos opciones nomás:

A) Ser un cuerpo sin libre albedrío (lo que funcionará siempre y cuando estemos sometidos a una sola voluntad, o a voluntades con sentidos y formas concurrentes) (raro).

B) Estar muerto (y este punto es discutible, porque más de uno hizo despelote con solo morirse…).

El truco más que "no ser conflictivo", diría yo, es ser bueno en los conflictos, ya sea

  • evitando provocarlos al pedo a los demás o donde no tienen más sentido que el mero deporte.
  • atendiendo como corresponde los que son válidos, así nos incomoden o cansen.
  • provocándolos ante la presencia de la maldad o injusticia, así nos incomoden… o incomoden a otros.


Se me ocurre que cuanto más gente comprometida con solucionar o erradicar conflictos exista, menos “conflictivo” va a ser el mundo.

Pero no sé, nunca pasó.

Lo que sí sé que pasa es que con tanta gente jugando al “me importa tres huevos” y al “si no me pasa a mí no es importante”, no existe paz ni en los cementerios.


*Obra de Bansky

viernes, 19 de marzo de 2021

Silencio

 Tengo un vecino que vive en el piso de arriba. Y gran tiempo de esa vida se queja de mis perros. Que le molestan porque ladran, que los escucha por las noches, que lo fastidian durante el día. Mis perros, en cambio, no tienen nada contra él. Y duermen toda la noche al lado de mi cama; y gran parte del día repiten siesta para llegar descansados a la noche. Cuando no hacen eso, hacen cosas de perro, como todos los perros.

Tengo un vecino que vive en el piso de arriba. Justo al lado de otro departamento donde una chica a medianoche empezó a gritar por ayuda. Miento, empezó a llorar por ayuda. Con marcas en el cuello aun calientes y su hija durmiendo entre violencia, esa mujer se asomó al balcón llorando por ayuda. Mi vecino no se quejó. No dijo nada. Solo cerró sus ventanas y persianas.
Ahora lo entiendo: A mi vecino le molestan todos los ruidos.
.
(Yo no soy de escribir historias sobre mí en primera persona.
Hoy tampoco escribo sobre mí.)

domingo, 7 de marzo de 2021

Banderas

 Supongo que uno también escribe para descargar el alma. Yo hace un año exacto hoy que no tengo ni puta idea cómo desarmar este nudo en mi garganta. No sé lidiarlo, no sé componerlo, no sé dónde poner el golpe, no sé acurrucarme del frío. Hace un año lloré, y seguro que mucho menos de lo que necesitaba. Lo sé porque llevaba un par de años sin llorar. Lo sé porque llegué hasta hoy con esas ganas de sacar mierda entre lágrimas, de vomitar toda la pena que pueda. Pero no me sale. Me cuesta llorar, y no es que no quiera, que no me lo permita. Te juro (porque te hablo a vos) que necesito imperiosamente llorar, lo siento ahogarme en el cuello y estallarme en los ojos al llanto, pero no me sale. Y me enojo, y me parto, y acá estoy. Y un año después no sé aún qué hacer con todo esto. Supongo que uno también escribe para descargar el alma.


Te extraño. Te sigo buscando. No puedo dejar de verte en los sitios que no ocupás más. Y no tengo forma de expresar esta pena de manera que se entienda la dimensión. También me pregunto de qué serviría que tal o cual lo intentara entender. Pero ya no sé qué hacer. Estoy tan solo sin vos. Y por más que hay dos o tres de esas personas imprescindibles que siguen viniendo a mí una y otra vez, que tienen una tenacidad y corazón enormes para no soltarme la mano, no puedo evitar sentirme solo sin vos. En el infierno que supo ser mi vida incluso cuando no tenía mucho más que coraje para intentar cambiarla, vos me salvaste.  Todo me salvaste. De verdad me salvaste. En algunas cosas, de formas que ni te enteraste (¿o sí?). ¿Y ahora qué hago sin vos acá? Fuiste lo único que de su primer mirada hasta que te fuiste estuvo ahí, constante y firme, aun en mis versiones de mierda. Me enseñaste que sí, que hay que quedarse cuando se quiere a alguien, a veces solo estar ahí es la diferencia con toda la oscuridad posible. Me obligaste a seguir levantándome esos días que vivíamos en el peor tugurio y no nos alcanzaba ni para comer, y yo sentía que el mundo era demasiado. Me dabas calor en un colchón gastado donde dormíamos juntos, y yo rozaba mis dedos por tu pelo y apretaba los dientes pensando cómo aguantar la vida así. Pero me levantaba con el invierno en mi cabeza y el frío entrando por las paredes rotas de esa habitación, y vos te levantabas conmigo para confirmar que rendirse no era opción. Y eras un quilombo cuando me veías volver, así te hubieras cagado de hambre y soledad más que yo. La gente no lo sabe, pero si no hubiera sido por vos, yo sé que todo hubiera sido muy distinto. Tal vez me hubiera rendido, porque sí, en esos años de calles duras y orfandad, los dos sabemos que había días que, de verdad, ya no quería creer en amaneceres. Pero sin dudas, yo hoy sería otra cosa sin vos. Hubiera caído en lugares oscuros de esos que hoy mismo me dedico a tender la mano para intentar sacar a los demás. Y me hubiera vuelto un tipo de verdad despreciable, que haría que todo el mundo se lo piense antes de usar algunas categorías como esa tan livianamente. Vos fuiste siempre mi brújula. Y siguiéndote pase de la calle y de tugurios a nuestra primera casa digna, que tampoco era la mejor, pero era digna porque con vos descubrí que el camino siempre es ese: la dignidad. Y en esa casa estábamos y era el resultado de no haberse rendido. Como lo fue cada mudanza juntos… nunca te lo dije, pero en cada cambio de casa que tuvimos, me sentía tan feliz de haberte devuelto un poco de todo lo que me entregaste. Cuando pasaste al patiecito de una, o al patio y la terraza enorme de la otra, o ni hablar del parque de la última. Eso es por todas las veces que no me dejaste caer. Por las noches de estudio para que siga dándole forma al tipo que quería ser. Por el aguante en las horas de esperarme entre mis mil laburos, hasta que ya no tuvimos que pensar nunca más en si íbamos a tener hambre, y pasamos a elegir qué queríamos comer. Fuiste todo lo que tengo. 


Y ahora me pasa esto, que tengo mucho miedo de que todo lo bueno de mí se haya ido con vos. Y me siento muy solo, y te extraño, y te necesito. Y no puedo con tanta tristeza. Y te quiero tanto, mi perrito. Estoy a un paso de los cuarenta, pero los dieciséis años con vos fueron toda mi vida. Ahora no sé bien qué hacer con todo esto.


Porque las que me quieren me ven hecho un fantasma que esquiva su propia sombra. Porque todo quien quiere a su perro, imagina mi congoja. Pero nadie entiende que de verdad yo no estaría acá, yo no sería esto que soy, si no fuera por vos. Vos me salvaste la vida. Y que no se trata solo de la compañía que significabas, sino que vos fuiste el único bastión real a muchas de mis soledades. Llevo un año llorándote sin poder llorar. Todo fue ayer cuando partías. Intento no pensar pero tampoco dudar de todo lo que luchamos juntos tus últimos meses. Pero no sé. No sé si es porque tengo un miedo inmenso de no haber hecho más, o porque tengo que aceptar que siempre la tristeza hace estas cosas cuando alguien que queremos ya no está. Y yo que he perdido tanto en mi vida, siempre te tuve a vos para recordarme, para obligarme, y para enseñarme que acá se sigue caminando, que no se rinde nadie, y que no hay nada más digno que ser mejor versión de lo que fuiste ayer.


Vos, mi Antonio, fuiste y sos, lo más digno, compañero y constante de toda mi vida.


Y acá estoy así, agotado de tanta trinchera, de tanta mochila, e intentando seguir caminando y siempre hacerle frente a las sombras. Te juro que acá estoy, que no me rendí. Pero me ayudaría mucho pero mucho que te subas conmigo al sillón y pudiera abrazarte fuerte mientras armo mis pedazos.


Te quiero mucho, cachorro.

Gracias.

“Si querés mi vida, te la puedo regalar.”

viernes, 19 de febrero de 2021

1


 

"Si tenés cero tolerancia al conflicto

y a la vez te resulta sumamente conflictivo todo lo que no se acomoda a lo que querés,

el problema sos vos."




martes, 10 de noviembre de 2020

Mereces lo que sueñas

 Los pupitres en las aulas no son todos iguales. Por ejemplo, había un banco al fondo de aula de 5º Naturales donde vos unos días luchabas con el sueño, otros sonreías y te enojabas con compañeros y compañeras a uno y otro lado, y otros te veían acercarte a mi escritorio en lo que -creo que te descubrí- era más para mostrarme que estabas trabajando que para preguntarme alguna duda. Ese lugar cambió de gente, ese pupitre tuvo y tendrá otros codos que se acomoden en otras clases. Pero para mí, ese banco, sea cual sea ahora, es tuyo.


Como ese pasillo entre la dirección y la sala de profesores, que recorrí mil veces; pero hay dos o tres baldosas que me recuerdan que vos me interceptaste junto a dos compañeras y un compañero tuyos, y ya en sexto año me contaste que seguía siendo uno de tus profes más queridos. Tanto así que me dijiste que estabas en un dilema porque tenías que decidir quién te entregue la medalla de fin de ciclo y yo era uno de tus dos candidatos. Te agradecí lleno de orgullo, y te sonreí como con pocas cosas sonrío. Recuerdo que en mi gratitud te dije que ya estar "peleando ese puesto" me alcanzaba. Que elijas a la otra profe y a mí me pagues con un abrazo al bajar del escenario en tu acto de egresada. Y lo hiciste, cumpliste. Y yo sonreí otra vez. Hoy recuerdo esas baldosas de ese pasillo y te recuerdo a vos. 


Pasó un mes desde que sé que te fuiste, y esa calle que recorrí cien veces, hoy me quiebra. Tiene tu nombre, tiene el cariño de todas y todos los que te queremos. Antes había un bar, hoy es otra cosa. De hecho, hasta alguna vez fui a ese bar y era uno más como tantos bares. Hoy esa vereda me moja la mirada. Esa vereda me angustia la garganta. Y en esa vereda me enojo un poco con todo. Y me entristezco un poco con mucho. Antes pasaba y ni reparaba en él. Hoy, ya una cuadra antes de llegar, aprieto los dientes. Porque ya no es un lugar cualquiera. Es un lugar que me duele. Que me moja la mirada, me angustia la garganta, me enoja, me entristece. Me detengo unos segundos donde todo se detuvo esa noche, y vuelvo a irme con los dientes apretados.


No conozco Puerto Santa Cruz. Podría ser un lugar como tantos que no conozco. E incluso podría ser un lugar como tantos que me anoté como pendiente por las más diversas razones que uno se pone como pretexto para viajar. Pero sé que en este caso vos me lo trajiste. Lo puse en una lista imaginaria cuando hace unos meses una Lucía ya ex alumna me contó que ese era el punto en el mapa de su próxima aventura. Y me contaste de algunos de sus lugares, "Es muy lindo", me dijiste. Tal vez me hubiera gustado poder poner en palabras que lo más lindo de Puerto Santa Cruz era y es, desde ese momento, que vos me habías escrito para contarme de él. Porque creo que ningún paisaje puede ser más bonito que algunos gestos de cariño como ese, tan simple como escribirme, y contarme dos o tres cosas de tu vida. Y porque todo paisaje es inmensamente más bonito si es la excusa para poder decirnos "ojo que seguimos acá, no nos hemos olvidado". Hoy esa ciudad de la Patagonia es distinta a tantos otros lugares que tengo anotados. Aun no tengo muy claro qué es lo que será, pero voy a pisar su playa y dejarme envolver por una ráfaga de viento que me permita, de alguna forma, decirte con ese viaje, que sí, que no nos hemos olvidado. 

Pero aún más, decirte que hay pupitres, pasillos, veredas, pendientes y mil cosas más donde vos y yo vamos a seguir recordándonos que siempre seguimos acá.




sábado, 31 de octubre de 2020

Trébol de tres pétalos



- ¿Y que vas a hacer?

- Escaparme hasta que extrañe mi sonrisa.

- Yo ya extraño tu sonrisa.

- Perdoname. No sé como actuar en estos casos.

- Perdoname vos por no poder dibujarte un mapa de regreso.

- No sabría cómo leerlo. Si supiera hacerlo nunca me iría.

Y pasadas las tres de la madrugada le dejó un beso y una roca resbalando enorme desde una montaña.

lunes, 26 de octubre de 2020

Oxímoron



 Oxímoron es decir "industria del arte". No te das cuenta de la oposición conceptual si no prestás atención. Si solo lo escuchás en medio de otros enunciados, no te das cuenta.

Prestá atención, que con las personas ocurre lo mismo.




"Lo primero que quise fue marcharme bien lejos
en el álbum de cromo de la resignación"
J.Sabina