miércoles, 6 de mayo de 2020

Seguimos educando

No vi el programa, pero sí vi esta captura ya varias veces. Me pregunto si en algún momento del programa emitido (o en un programa posterior) se corrigió el error.
Porque ahí sí un simple furcio (calculo que eso fue) se vuelve error realmente grave: En la permanencia del mismo.

Ahora, a todos los que se quedan con el recorte y nada más, los y las invito a pensar un par de cuestiones:


La docente X escribe algo mal. Una palabra no cotidiana, pero dentro del vocabulario específico de la ciencias naturales tampoco es química celular, es cierto. Y lo hace en un programa de televisión, en el que -entiendo- intenta dar su clase. En ese programa, pautado y emitido, donde la docente está con un equipo detrás (educativo y televisivo), ¿nadie le avisó? No tengo ese dato pero... si lo hicieron, vuelvo al comienzo, debe corregirse, aprendemos todos y ya (que no mató a nadie tampoco). Si no lo hicieron... ¿un furcio, un equívoco que ella -evidentemente- no notó es peor que los que no hicieron su tarea (educativa, social, profesional, mediática o humana) de acompañarla?


Y no lo digo en el aire. Les juro que sé de lo que hablo: Yo soy docente. Y -encima- soy un obsesivo de las letras. Amo la semántica, la ortografía y la sintaxis, y creo que es un lujo de expresividad nuestra lengua. Y sin embargo, alguna vez cada tanto también me equivoco. Mis chicos y chicas desde los bancos, que ya me conocen lo "hincha" que soy, hasta se sorprenden. Pero puede pasar. Claro, mis aulas son más humanas, amables y solidarias que la televisión. Y muchísimo más que las redes.

En el aula suele ser tan fácil como:- Profe, ¿"herbívoros" no va con be en la primera...?-- ... Sí, tenés razón, no me di cuenta. Coooorreeeegimos. Gracias, Tomás-.Así de simple. Aceptación del error del docente (una persona, dicen). Observación participativa de un alumno (una persona igualita a la anterior en este sentido). Y corrección con borrador y tiza (o lo que fuere). Y aprendimos todos algo.


Creo que es parte del profesionalismo no tener estos errores (distinto sería si fuera más frecuente... que conozco muchos casos). Pero un error puede tenerlo cualquiera (con un aproximado de 100 o 150 horas de exposición a muchos ojos en el aula por mes, como suele pasar en la docencia). Creo que ya lo dije: lo importante es lo que hacemos con el error.Aparte, toda corriente educativa inteligente y -estoy diciendo mucho esto- humana, defiende el error como parte del proceso. Porque nos comprendemos entre nosotros como aliados para ayudarnos a ser mejores. Y porque el aula es uno de esos pocos espacios seguros (voy a defender a muerte que esto debe ser así) donde podemos corregir sin mayores consecuencias negativas. Afuera del aula el error suele tener consecuencias más graves (o te separás, o te echan del trabajo, o matás a alguien o te morís, o elegís un gobierno de cuatro años, o...). Esa "seguridad", ese cobijo del aula, es por un vínculo que se puede lograr hermoso y productivo si sus participantes juegan a lo mismo.


Insisto y sumo. El error acá es si no se corrige, y si nadie de todos los que estaban ahí con ella le dijo. Y que de golpe juzgamos todos por un instante la carrera de una docente que -no es una decisión fácil- pasó a exponerse ante miles o millones.Si es una docente profesional, debe estar mortificada por no haberlo notado. Porque no nos gusta equivocarnos, porque sabemos que ese rol que ocupamos parte de la premisa que se puede confiar en lo que decimos (por eso debemos tener mucho cuidado y responsabilidad al hacerlo). Si llega a ser el caso que es una buena docente, que se animó, que se arriesgó a dar clases en una pantalla abierta, debe pesarle tanto más no haber notado ese error que tuvo. Eso a mí me resulta más que suficiente como para encima repetir livianamente este escarnio virtual.

Confiemos en que ella, y todos, aprendimos ya a expresar correctamente sobre los animales que se alimentan de... ¿hierbas? (comen frutos, flores y hasta cortezas algunos, pero bueno, herbívoro es conceptual, lo sé).


Digo, yo lo vi a Messi errar un penal... y nunca diría que es malo jugando al fútbol (menos si solo vi eso de él).

Pd: Chicos, ya que les gusta viralizar condenas ortográficas... cuando hagan placas tengan en cuenta que en nuestra lengua las preguntas llevan signo de apertura... y que "algo" va sin hache.

lunes, 30 de marzo de 2020

Tinta roja


Cada vez le duele más pensar en dibujarla en su historia.
Nada puede hacer.
Se muere un poco todos los días deseando algunos trazos.
Nada puede hacer.
Él intentó su hoja en blanco entre su carpeta de dibujos dañados y viejos.
Nada puede hacer.
O sí.
Aunque entonces sería más el dolor que él mismo.

martes, 24 de marzo de 2020

La memoria y los números.

Un 24 de marzo, en una mañana apenas fresca en el patio de una escuela, con cientos de somnolientos alumnos y una bandera celeste y blanca recién izada; me puse  a decir...


La memoria tiene un tema con los números. Y fechas como esta, donde remarcamos que la memoria debe mantenerse siempre viva y atenta, me hacen pensar.


Pienso en números, y en el ejercicio caprichoso que a veces suponen. Por ejemplo, pienso que escuché por ahí una verdad cronológica: todos los alumnos que hoy están en un patio de escuela secundaria ya tenían, años más, años menos, más de dos décadas de democracia recorrida al momento de nacer. Escuché también que a esos chicos y chicas no les interesa esa herida del pasado. Si eso fuera así… si permitimos que el pasado sea olvido, las fechas y los años serán solo números. Pero no. Esa herida de la historia argentina es parte de la historia de cada uno de nosotros. De todos. Porque la historia es parte de la identidad de los que se han ido, de los que estamos y de los que vendrán. Porque la identidad es como la raíz de un árbol: necesita ser fuerte para crecer y alcanzar las alturas. La memoria viene entonces a nutrir esa raíz que es de todos nosotros. Así, lejos de los individualismos, nuestra historia se afianza desde una construcción de memoria colectiva, compartida, y necesaria.


Pienso, entonces, en números. Pienso en un 24 donde todo se puso más oscuro. Donde todo lo que aprendimos en la escuela sobre gobierno, ley y democracia, recibió el golpe más duro. ¿Qué es el 24 si deja de ser un número? Es un rojo en el calendario de marzo para no dejar dormirse a la memoria. Para siempre buscar la verdad y la justicia. Se sabe ya que los pueblos que olvidan tienden a repetir sus errores. Nosotros acá decidimos no ser de esos.


Sigo pensando en números, y en esa cifra: 30.000. Se estiman 30.000 desaparecidos durante la última dictadura militar. Ese número tan impreciso… porque lamentablemente es solo una estimación, ya que solo se cuenta con los muertos que figuran en los archivos que se han podido recuperar y los restos óseos encontrados en los campos de detención clandestinos. Ni siquiera las denuncias efectuadas por las familias dan un número cerrado. Entonces, la reconstrucción tiene que sobreponerse a fantasmas como registros de fusilamientos destruidos, cadáveres nunca encontrados, la falta de organismos frente a quienes hacer las denuncias, y el miedo, las amenazas o las terribles consecuencias para quienes de todas formas las hacían. 30.000 es una estimación. Pero el verdadero número, sea mayor o menor, solo lo conocen los asesinos. Pero podemos ver más allá del número que al fin y al cabo, es un símbolo de lo terrible más que un registro de cantidades. Hagan este ejercicio: miren a su alrededor, vean a sus compañeros de curso. Vean a los compañeros de los otros cursos. A los más chicos y a los más grandes. Vean también a los docentes. Vean todos los que somos. ¿Ya lo hicieron? Bien, ahora sepan que tendríamos que contar unos 9 patios así para acercarnos apenas al 1000... y pensar que basta que el que falte sea mi compañero de banco para que se me estruje el alma, ¿no? Qué bueno que es solo fantasía, porque a todos nos gustan los patios bien llenitos de gente. Patios como este, sin miedos, con jóvenes llenos de posibilidades y futuro.


Supongo que lo que me ocurre es que me es muy difícil hablar solo de números y poder pensar a la vez en las personas. Y hablo de pensar en serio en las personas. Si digo… no sé, “veinte” no digo Luis, Ángel, Beatriz, Silvia o Rodolfo. Si digo “cien” no digo que Luis vivía en La Plata. Tampoco cuento que Ángel fabricaba muñequitos con alambre y madera. No les cuento que Beatriz era maestra. Mucho menos digo que Silvia tuvo un hijo que nunca vio crecer. O lo terrible que sería olvidarme que Rodolfo, el enorme Rodolfo, escribió una última carta llena de valor y dignidad.

Por todo esto es que fechas como esta los números son tan importantes. Porque son mucho más que cifras. 

Resultado de imagen para 24 de marzo de 1976