martes, 21 de enero de 2025

Sobre "La Isla del Tesoro"

 


“Compañeros, estoy aquí para llevarme el tesoro, y no me va a ganar hombre ni demonio”. El pirata John Silver vocifera, da órdenes, traiciona, y -sin embargo- nos resulta encantador. En el fondo, se porta bien como personaje, y deja que el joven Hawkins sea el protagonista de la historia la mayor parte del tiempo.
Leyendo “La isla del tesoro” sentí que me golpeó a las puertas de la memoria una esquiva niñez añorada. Películas como “Los Goonies” o “La joya del Nilo” me hacían sentir que el mundo nos tiene reservadas mil aventuras. Y la misma infancia nos hace siempre dignos de cada una de ellas sin ninguna duda. Este libro es así. Atrapó entre sus hojas mi atención y mi corazón, me hizo exclamar solito conmigo (bah, una de mis gatas lo escuchó) “Esto es una maravilla”.
Me debía este clásico de la literatura universal. Y leer a Robert Louis Stevenson es un disfrute grandioso. Alguna vez Borges, quien era bastante crítico de otros escritores, lo mencionó como su “maestro y amigo”. Yo me puedo parecer un poco a Borges en eso de hacer amigos a través de los libros. Muchas veces mi amistad se basó en la intrincada prosa de Borges, porque me parece bella, me desafía, me hace pensar, y me vuelve a parecer poesía, filosofía y ciencia como una misma cosa. Hoy, quiero invitar a todo el mundo a vivir aventuras con Stevenson, un amigo de la infancia que no sabía que tenía. Porque hace mucho tiempo que un libro no me hacía sentir que el mundo aún tiene aventuras esperándome. Y no quiero olvidarme que aún soy digno de merecerlas. Así que ya saben: si encuentran un mapa ajado y amarillento, con referencias hechas con dibujos simples y cruces, me avisan. No sea cosa que un pirata haya dejado un tesoro por ahí.


miércoles, 11 de septiembre de 2024

Algo mejor

Vos dijiste que no querías cenar. Pero un rato antes dijiste que sí tenías hambre. Y antes aún habíamos dicho  que nos comeríamos unas ricas papas fritas.

Te volví a preguntar si querías que pidamos algo y me dijiste que mejor no, que coma yo lo que quisiera, que preferías no comer porque no tenías ganas de nada.

Después te fuiste a bañar. Yo, mientras estabas en la ducha, me puse a pelar papas y calentar aceite. 

Cuando saliste del baño sonreíste oliendo a jabón y me besaste. La casa ya olía a papas fritas.

Después, cenamos juntos.

martes, 3 de septiembre de 2024

Limones

 



Hoy, Silvio buscó en internet cuánto tardan los limones en echarse a perder. Aparentemente dos o tres semanas pueden aguantar en la heladera.
Hace unos días los compró para ella, que antes de verse le dijo que tomaba té “con limón de fruta”. A él le pareció un encanto esa oportuna diferenciación casi infantil pero completamente acertada de cualquier otro producto industrializado con sabor a limón.

Hoy, miraba en la pantalla de su celular información sobre la conservación de los limones. Dos o tres semanas. Un tiempo más si se guardan en un envase cerrado. Es una fruta muy porosa, leyó también. Sabe que va a retener esa oración de apariencia inútil. Su cabeza retiene cosas que leé de forma algo extraña a veces.

Ella no tomó té con limón. Estaba algo engripada y sacó de su cartera uno de esos sobrecitos de té medicinal en polvo. Él mismo revolvió en la taza hasta disolverlo en agua caliente. “Si es polvo, así, deshidratado, no creo que se le pueda seguir calificando de infusión” pensó, en asociación libre después de leer que el limón aguanta dos o tres semanas en la heladera. Su cabeza se ejercita de maneras algo extrañas a veces.
Tal vez pasaron uno o dos días desde que los limones llegaron a la verdulería hasta que Silvio los compró. ¿O pueden ser más? “Ni idea cómo es la rutina de entrega de mercadería de la verdulería de acá cerca” pensó. “Le deben quedar dos o tres semanas. Ponele que dos”, se dijo mientras los miraba buscando algún rastro de mancha o moho en la piel amarillenta del fruto. Amarillenta y porosa.
Habían pasado cuatro días desde que se habían visto. Entre ese lapso más lo incierto del tiempo anterior a la compra fue que sentenció de forma bastante vaga un “Ponele que dos”.

Cuando ella le dijo que quería “limón de fruta”, él sonrió. Y como no suele usar limón, pasó a comprarlos antes de verla. No sea cosa de fallarle con el té a ella, que lo había hecho sonreír.
Volvió a mirar su celular. Ese día o el siguiente. O el otro.
Simple, casi infantil, pero tremendamente acertado, así se sintió Silvio cuando compró “limón de fruta” para ella como si fuera una misión sagrada.
Hay una esperanza ácida y cítrica que ahora tiene su cuenta regresiva. No sea cosa que al limón haya que tirarlo porque ella se tarde en pedirle un té otra vez.